Cazador de cigüeñas


A Juan Carlos Alonso Tur le gustaban con locura las novelas de fantaciencia y de misterio. Por eso, no sería raro en absoluto que en estos últimos meses se haya sentido más de una vez el personaje de una aventura galáctica, rotando en una atmósfera etérea, en medio de una red de cables, manoseado y punzado por cien manos, como si de pronto hubiera caído de una nave espacial a otro planeta y fuera objeto de estudio por los alienígenas. Y sin embargo en medio de esta perdición de estar enfermo, en todo momento, ha tenido claro dónde estaba el norte, su familia, sus hijos, sus pocos, pero ciertos, amigos. Y también su profesión de librero. No en vano, en los delirios últimos, a punto de cruzar la frontera de luz, aún advertía a sus acompañantes que no tocaran los libros que creía tener apartados para algún cliente que nunca llegará, o que estará llegando tarde.

Acababa de comprarse una Nikon deslumbrante y de estrenarla en un viaje a Italia, cuando notó los primeros síntomas y se avino a un tratamiento que en principio prometía ser sencillo. Esa Nikon merecía más capturas, muchas más, pueblos, campos, tejados y, sobre todo, cigüeñas, que eran una de las fijaciones de Juan Carlos. Tan pronto parecía no haberse movido en muchos meses del mostrador de Librería Popular, como tomaba al vuelo las vacaciones más inesperadas, las de la volea, y salía disparado y disparando fotos. Después de una trayectoria zigzagueante en la librería de la calle Albarderos y luego mucho más breve en Arquitecto Vandelvira, después de haber sido capitán de empresas pírricas, de haberse curtido en libros técnicos, raros, casi ilocalizables, ahora estaba viviendo una segunda juventud como librero de a pie, de los que pueden olvidarse de la empresa al salir por la puerta, con la curiosidad y la cámara por toda compañía.

Hijo del médico Elías Alonso, que cuidó la cabecera de tantos albaceteños cuando Albacete se lo repartían cuatro médicos, Juan Carlos heredó el tesón profesional. Sus gafas de pasta y su primer trato algo hosco han sentado cátedra entre los clientes que acudíamos con las ideas más o menos perfiladas en busca de la pista definitiva que nos llevase al libro perseguido. Su tándem con Juan Valero ha sido irrepetible. En estos tiempos en que el librero vocacional es una especie en peligro de extinción, encontrarse a dos juntos en tan poco terreno era un gozo. Daban ganas de preguntar por libros inventados sólo por darse el gusto de verlos en acción. Ahora vengo de saber que Juan Carlos, Juancar, tenía también una bola de cristal y que sentía una atracción por lo esotérico que no sabemos a dónde le llevó, pero que le hacía desconfiar de ciertas, contadas personas.

Suponemos que no llegó a ver nada en esa bola. Que la tenía por tenerla cerca, por tener a mano el misterio, aunque no supiera cómo usarlo. A cambio, se empapaba de él continuamente, en un hilo sin interrupción, conectando el final de una novela con el comienzo de otra, hasta despegar de la rutina, como nos pasa a todos los lectores. En su caso, el último viaje ha tenido también algo de odisea fantástica, vertiginosa. Quiero creer que a ratos se ha sentido más un viajero en lo extraño que un enfermo, mientras luchaba por su vida en medio de una marea de operaciones y de infecciones que han ido debilitando su resistencia, pero no su imperturbable optimismo. Al final, ya más allá que acá, su obsesión era que no se preocupase nadie. Sus últimas palabras han sido reveladoras: siento que estoy perdiendo la consciencia. Las de un Ulises que cruza una frontera dando fe de su valor.

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