La clase


Han sido muchos los colegas que me han preguntado si había visto la película y, ante mi negativa, entornaban los ojos con aire de profundidad y comentaban algo así como “pues ya verás, ya”. Algún compañero, sólo alguno, se mostraba menos sibilino. De hecho, lo que le sorprendía a Amparo era que a los demás les entusiasmara tanto algo que a ella la dejaba más bien fría. De modo que me moría de ganas de ver La clase, del director francés Laurent Cantet, para desentrañar, de una vez por todas, la mirada entornada de mis colegas o, en el peor de los casos, para compartir la insatisfacción de Amparo. Me ha costado mucho trabajo romper el enigma porque la programaron un tiempo en el Candilejas, pero me la perdí en su día, y hay que sudar tinta para ver estas pelis francesas, aunque seguramente son las que mejor se promocionan de Europa y ésta además venga avalada por la Palma de Oro en Cannes el año pasado.

El caso es que por fin puedo opinar. De esto hace unos días, y aún la estoy digiriendo, tratando de ganar profundidad, en vista que la primera impresión me acerca más a Amparo que al resto de mis colegas. Cantet cuenta las relaciones entre un grupo de alumnos de un barrio problemático de París y su profesor de lengua, durante un curso completo. Le da al relato un aire documental para que nos parezca que lo que estamos viendo es real como la vida misma: que los chavales, la mayoría de ellos inmigrantes de variada procedencia, son en buena parte deslenguados, protestones, insumisos y encima asimilan poco o nada de lo que intentan transmitirles sus profesores. Al final del curso, François, que además es tutor del grupo, les pide que describan lo que han aprendido y hay que oír los dislates descorazonadores que sueltan por esas bocas, dislates que por otra parte tampoco andan tan lejos de los que estamos acostumbrados a escuchar por estos lares.

A los profesores el comienzo nos resulta estimulante porque vemos que en Francia nuestros colegas parecen trabajar en equipo, se presentan entre sí el primer día diciendo algo más que el simple nombre, se aconsejan y sobre todo acatan los horarios que se les adjudican sin rechistar, punto este que, de ser cierto, establece una diferencia ya definitiva entre el otro lado de los Pirineos y el nuestro. Pero una vez asimilado este primer espejismo, los parecidos van incrementándose a medida que avanza la película hasta acabar siendo clamorosos. De hecho, un alumno problemático (por irreverente) es tratado más o menos igual: se le expulsa, lo que quiere decir que se le cambia de centro, ya que tiene que seguir siendo escolarizado (hablamos de un nivel equivalente a nuestro cuarto de la ESO). Lo que cambia es el método: aquí lo decide el director, oídas las partes, allí lo dirime una macabra comisión mediante voto secreto en una urna.

Imagino que lo que hace entornar los ojos a mis colegas es la sensación de realismo que desprenden las imágenes. Por un lado nos sentimos identificados con todo lo que pasa y por otro confiamos en que los que no conocen de qué va la enseñanza se vayan haciendo una idea. A mí me parece poco para entusiasmarme hasta entornar los ojos. Está claro que se trata de una denuncia sobre un tema candente, la educación. Yo a la película no le pido soluciones, sería demasiado. Pero sí que focalice bien el problema. No se trata tanto de que todo ocurra en un centro cerrado (Entre las paredes, que es el título original, más apropiado al contenido), sino de que lo que ocurre allí tiene poco que ver con la vida. Ya señaló Séneca, hace mucho, que no estudiamos para la escuela, sino para la vida. Y sin embargo son dos mundos cada vez más distantes, en Francia y en España, lo que demuestra que el sistema hace aguas globalmente. En la película aparece sólo una de las partes, la escuela. Para poner el dedo en la llaga, le falta la otra parte de la comparación, lo que pasa con los chavales y con los profesores cuando salen del recinto del instituto y pisan el mundo cotidiano.

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