El entrevistador entrevistado


Hace unos cuantos años, cuando yo era estudiante de periodismo y meritorio en Antena 3 radio, ayudaba a Juan Ángel Fernández en sus entrevistas. Una vez me pidió que fuera al Gran Hotel a buscar a Amancio Prada. Se trataba de una tarea sencilla que realicé con mucho gusto. Hacía una tarde desapacible y observé que el cantante se cubría de forma aparatosa al salir a la calle. Le pregunté si quería un paraguas y respondió con un comentario enigmático: sólo me preocupa la calma. Como el tipo es tan pausado de ademanes y de conversación, incluso cantando, asentí y creí haberme quedado con la copla. Ajá, me dije. Ya durante la entrevista, Juan Ángel me pidió que interviniera: ¿quieres preguntarle algo, tú que le has acompañado desde el hotel? Sólo hacer hincapié en la importancia que concede Amancio Prada a la calma, comenté en un tono de suficiencia y relaté lo que unos minutos antes acababa de observar. Me has entendido mal, replicó en antena el aludido, y se notaba que estaba disfrutando con la rectificación, el muy canalla: en realidad he dicho que me preocupa la calva.

Aún se están riendo de mí, desde Andrés Gómez Flores al propio Juan Ángel, todos los que se encontraban en la emisora en aquellos momentos y más que probablemente los pocos que oyeran la entrevista. Todavía puedo escuchar sus carcajadas. Los oía el otro día, cuando se acercó Juan Ángel Fernández a entrevistarme a mí, tantos años después, con su melena a dos crenchas y su barba fatigada. Qué de recuerdos. Dispuso sobre la mesa un grabador japonés que le compró su hija en Nueva York, una cosa diminuta, y empezó lo difícil. Porque sólo el que se ha ganado la vida haciendo entrevistas sabe lo difícil que resulta entrevistar a un amigo. A ver qué le preguntas. Fue una conversación en la que ambos opinamos con el desorden que provoca el descoloque, la urgencia y la pasión de quien vive lo que habla. Se quitaba importancia, que es una estrategia de veteranos: los que sabéis, decía. Él que es un periodista curtido en mil batallas. Le dimos un repaso a la cultura y llegamos a la misma conclusión: en música y en poesía, la mayor parte de la gente se ha quedado en autores que son ya clásicos, no alcanzan a disfrutar de los actuales porque probablemente les falta un criterio, una brújula en medio del marketing que mete por los ojos lo que no cabe en los ojos.

A eso se dedica ahora Juan Ángel, a compartir un criterio. Viaja con su criterio musical bajo el brazo, bien aderezado en formato digital, y se lo expone a públicos de Cuenca, de Bilbao, de dónde le llaman, que es de cualquier lugar de España. Después de haber pasado por tantas emisoras y por las oficinas de prensa de distintas instituciones, la última Cultural Albacete, ha puesto en orden su experiencia y sus contactos y se le salen los proyectos por las orejas. Uno de ellos es una recopilación de gente albaceteña que está haciendo cultura, o contribuyendo a ella, en cualquiera de sus facetas. La va sacando a plazos en las páginas de este mismo periódico y por eso vino a buscarme el otro día. Hoy, algunas páginas más adelante, estamos viendo lo que recogió su pequeño cacharro japonés de tanto como dijimos, después de que habláramos hasta por los codos. Hace muchos años, más aún que la anécdota de Amancio Prada, Juan Ángel me había pedido unos textos para abrir la radio por las mañanas. Yo madrugaba orgulloso para escuchar aquellas evocaciones en la voz un poco ronca de Juan Ángel y con la envoltura de su buen gusto musical. No hay mayor placer que escuchar lo que has escrito bien leído por otra persona. Y más entonces, que yo era adolescente. Ahora me cuido la calva cuando llueve, no como él, que lleva la melena abundante a dos crenchas. Tenía que haberle preguntado entonces, como en la canción de Franky, ¿qué champú usas tú? Pero ya es tarde.

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