Conversaciones de lectores



Mi amigo Alfredo Jiménez, que anda mal de salud, lo que le concede mucho tiempo para leer, me pide cuatro títulos de novelas que me hayan gustado. Me pone condiciones: dos han de ser históricas y dos de suspense. Por supuesto ya se ha devorado las dos publicadas de la trilogía Millenium de Stieg Larsson, que son las primeras que se me vienen a la cabeza. Y ahora está embuchándose Crepúsculo, una de las cuatro de vampiros escritas por Stephenie Meyer y popularizadas por el cine. Yo no le he hincado el diente, pero he observado el efecto que producía en mi hija pequeña, literalmente vampirizada por la serie, hasta quitarse horas de sueño para apurar capítulos. Trato de hacer memoria sobre la marcha, me maldigo por no recordar títulos de libros leídos más atrás de un mes; pero salgo del paso mencionándole al sueco Mankell, autor prolífico, y a mi juicio ameno, de novelas policiacas. También le hablo del best seller de Matilde Asensi El último Catón, que me aconsejó mi hijo mediano y me gustó y de Bajo la fría luz de octubre, la reconstrucción de la guerra civil en Albacete que hace en primera persona, con la voz de su tía, mi amigo Eloy M. Cebrián.

No me atrevo a mencionarle Anatomía de un instante, la novela sobre el 23 efe que acaba de editar Javier Cercas, porque no la he leído aún, aunque Juan Valero me habló de ella tan febrilmente el otro día, encareciéndome capítulos y anécdotas hasta contagiarme tanto su entusiasmo que la tengo en los primeros lugares de mi lista de espera. Tampoco menciono Un día de cólera, de Pérez Reverte, sobre el 2 de mayo, que mi amigo Miguel G. Tornero me ha prestado e insiste en que lea; si no me atrae es precisamente porque el propio Alfredo me había comentado en el hospital que se dispersa acumulando nombres y lugares. Aparte del préstamo, Miguel y yo tuvimos en la escalera de mi casa una acalorada discusión sobre La cuarta trama, donde uno de los abogados del 11 eme, José María de Pablo, analiza los entresijos del proceso, aportando a mi juicio opiniones tendenciosas.

Comprendo más que nunca al librero Juan Valero. Aconsejar libros es tarea delicada. Tanto como regalarlos. Los gustos del lector no siempre coinciden con la imagen que tenemos de la persona a la que deseamos agasajar. Aunque Eloy M. Cebrián, asegura en una entrevista que nos hace la Ser que, así a bulto, los lectores de hoy prefieren los libros gruesos y de tapa negra. En medio de un Altozano convertido en una feria de globos y payasos que se dirigen a los niños desde el escenario, junto a las mesas abarrotadas de las librerías, las instituciones y las editoriales locales, me doy cuenta de que, a contracorriente, yo leo muy a menudo libros delgados y pálidos, que es el aspecto que suelen ofrecer los libros buenos de poesía, que sólo nos gustan a un porcentaje pequeño de lectores. Pero, eso sí, incondicionales. Sin ir más lejos, la otra noche estuvimos repasando durante tres horas mi amigo Karmelo Iribarren y yo el balance de los últimos que hemos leído, impresiones que también suelo intercambiar con Antonio Cabrera y Javier Lorenzo, porque hay que aprovechar a los amigos con criterio, que son más fiables que los suplementos literarios, siempre tan lacayunos. Por cierto, que Javi insiste mucho en que lea el último poemario de Caballero Bonald. Lo pongo en la lista.

No para ahí la cosa. Antes de venir al Altozano, una alumna encantadora nos ha regalado a Eloy y a mí sendos ejemplares de la última novela que, según ella, le ha arrancado unas lágrimas, La ladrona de libros, de Markus Zusak, de la que recuerdo vagamente que ya me habló Ángel Aguilar. Y durante la misma entrevista, Anselmo Gómez menciona a Haruki Murakami, cuya lectura nos inspira a mi mujer y a mí sustanciosas conversaciones en las horas crepusculares. Cuando me pregunta Quico, el de la Ser, si pienso que la gente cada vez lee menos, vuelvo a quedarme en blanco: “Pues hombre, yo no tengo esa impresión”, balbuceo. Pero me quedo insatisfecho con mi respuesta y me pongo a escribir este artículo para contestarle más a mis anchas, para explicarle que yo conozco a un montón de gente con la que puedo compartir emociones, anécdotas y hasta discutir con amistoso encono a partir de nuestras lecturas. Y al contarlo, parecen multitud.

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