La mano del caballero


Me contaba una profesora amiga que un alumno le discutió airadamente que existiera El caballero de la mano en el pecho de El Greco, porque él había leído en internet que el original era El caballero de la mano en el TECHO. Movido por una curiosidad científica, me adentro en Google y descubro que, en efecto, unos gamberros aseguran con sorna que lo que quería pintar El Greco era al caballero tocando la escayola, y lo dibujan con la mano en alto, aunque añaden debajo el cuadro genuino para que se pueda comparar. La comodidad nos empuja a deducir que el chico ha tomado la parodia por el original y se ha creído a pies juntillas la chanza, movido por su ignorancia de que alguna vez existió un pintor llamado El Greco (y tal vez por las ignorancias sucesivas de que existió el Renacimiento tardío y existió en algún sitio la pintura al óleo). Y que luego, esa audacia irreflexiva que suele acompañar a la ignorancia le ha instado a discutir su creencia con la profesora delante de sus compañeros.

No se le puede culpar. Es lógico que le dé más credibilidad a una información obtenida a través de internet, que es un libro abierto todo el día para gran número de adolescentes, que a una profesora del instituto que, al fin y al cabo, ¿quién es una profesora? Respaldado por la universalidad de la pantalla a la que vive asomado, en la que se relaciona y respira, es normal que se haya atrevido a enfrentarse en público a la profesora, sin preocuparse del riesgo de quedar en ridículo y el otro riesgo, aún peor, de cosechar una calabaza en las notas de la evaluación. Como se colige del espíritu de las últimas leyes educativas, cada vez más comprensivas con los chavales, no debemos extraer conclusiones precipitadas de sus comportamientos. No pueden ser tan tontos como parecen.

Sus tiernas mentes tantean en la realidad, usando como báculos las contadas referencias que han vivido sus sentidos, sobre las que construyen su explicación del universo. Así la primera versión de un cuadro le parece a este mozo el original, aunque sea una caricatura del original, del mismo modo que nos pasa cuando nos acostumbramos a oír una melodía en la voz de un cantante, sin saber que se trata de un simple versionista; cuando un día la escuchamos en la voz de quien la compuso, disuena tanto de la que nos es ya familiar que tendemos a creer que el copión es este último. Y como vivimos en un mundo de copias (desde Walter Benjamin), lo natural es perder de vista los originales, tener dificultad para distinguir las voces de los ecos, que diría Antonio Machado (¿pero qué demonios hago yo citando autores? ¿qué falta de respeto es esta? Disculpen).

Por otro lado, la iniciativa del alumno de intervenir en clase es digna de encomio en un mundo escolar donde lo habitual es que los alumnos parezcan pintados, como cuadros del propio pintor cretense, o incluso más borrosos, casi como bodegones de un impresionista. Que la defensa de su postura haya sido quizá en exceso acalorada no debe cargársele en su debe, sino entender que corresponde a un desarrollo emocional inconcluso. Todo tan fácil de comprender que incluso inspira ternura. Conforme se ubique en el mundo y canalice su arrojo, irá encontrando acomodo en la compleja realidad, quien sabe si incluso para militar en política. Entonces poco a poco perderemos el rastro de las posibles causas de sus errores, que ahora nos resultan tan sencillos de explicar, y nos costará más entenderlo, como nos cuesta comprender qué mueve al Papa a criticar los preservativos en el continente donde más los necesitan, por citar un ejemplo. Pero esta es otra historia. Mejor hablar de cosas en las que el caballero de El Greco sepa dónde posar la mano.

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