Chandler y el amor


Los cazadores de efemérides nos han bombardeado estos días con el recordatorio de que Raymond Chandler murió hace medio siglo en California. Un 26 de marzo. Y aunque la costumbre de caminar sobre fechas señaladas nos ha ido vacunando poco a poco, cumplo con el rito de abrir de nuevo algunos libros que me ayudaron a olvidarme de mí mismo, muy placenteramente, durante las horas que duró su lectura. Y luego su relectura. Porque Chandler es uno de esos autores (infinitamente menos de los que se pregona) que se deja releer sin experimentar merma. Sobreviven de su escritura ciertas escenas imborrables que ni siquiera el cine ha logrado adulterar, como la de un ricacho anciano languideciendo en la sofocante atmósfera de un invernadero, o la del embarcadero de un lago que guarda el secreto de mujeres que desaparecen o el rotor de una lancha que enmascara el sonido de un disparo.

Y sobre todas estas escenas, sobrevolándolas, la rudeza de un tipo con una filosofía de la vida un tanto peculiar, y sin embargo verosímil: “lo único que quería era irme y no meterme en nada más, pero esta era la parte de mi personalidad a la que nunca hacía caso. Porque si alguna vez lo hubiera hecho, me habría quedado en la ciudad donde nací, habría trabajado en la ferretería y me habría casado con la hija del dueño y tendría cinco hijos”. Nosotros, que carecimos del valor necesario para eludir nuestro destino, acompañábamos a Philip Marlowe en sus pesquisas y admirábamos la entereza con la que escupía sus frases redondas, cargadas de ironía, para sacar a los canallas de sus casillas, aunque fuera a costa de ir recibiendo mandobles, tortas y hasta culatazos de pistola.

No le fue mal con el cine a Chandler, a pesar de que sólo se dio a conocer con la publicación de sus primeras novelas en los últimos veinte años de su vida (y vivió 70). De todos modos, debió de ser complicado trabajar con él. Por ejemplo Billy Wilder se ensañaba al recordarlo en sus memorias. La mujer de Chandler, casi dieciocho años mayor que su marido, había muerto, sumiéndolo en una depresión que lo condujo al alcoholismo. Puede que Wilder llevara razón y que el viejo malhumorado les envidiase la juventud y la facilidad para ligar con mozas guapas. También puede que ese fuera el motivo por el que introdujera en sus Apuntes sobre la novela policiaca (1949) la advertencia de que “el amor casi siempre debilita una novela policiaca, pues introduce una especie de suspense contrario a la lucha del detective por resolver el problema”.

A esa posibilidad, la de que fuera el suyo un consejo guiado más por el despecho que por la razón, me he aferrado yo durante años, mientras me esforzaba en contradecirle con la escritura de novelas policiacas en las que el amor formara parte del juego. Una tras otra fueron desdibujándose en los cajones, sin ayudarme a llevar razón. Tampoco se la quitan a Chandler dos películas que he visto recientemente, The Code y Duplicity, en las que el amor sincero desdibuja la trama policiaca. En la primera, Antonio Banderas está menos sobreactuado que otras veces, quizá por la sombra tutelar de Morgan Freeman. En la segunda, la cara de chiste de Clive Owen nos impide creernos que nadie pueda tomarlo en serio como espía y menos aún como amante, a pesar de los esfuerzos de una entonada Julia Roberts. Ambos galanes andan demasiado lejos del malditismo de Humphrey Bogart / Marlowe, tan natural en los escarceos como desterrado del verdadero amor.

Y así sigue llevando razón el viejo y huraño Chandler con aquello de que el amor “falsea las cartas, y nueve veces de cada diez supone la eliminación de al menos dos sospechosos útiles”. Aunque, por si acaso, dejó abierta la puerta a una posible solución: “la única forma de amor eficaz es la que añade un elemento de peligro personal al detective”. Pero eso sí, con la matización inmediata de que debemos percibir “instintivamente que se trata de un simple episodio; un buen detective no se casa jamás”. Tengo mucha curiosidad por leer la inminente tercera entrega de Millennium, la trilogía del malogrado sueco Stieg Larsson, a ver cómo ha resuelto el amor imposible entre Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist. Lo mismo fue capaz de enmendarle la plana al maestro Chandler antes de morir.

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