Akiko Yosano


En el Japón de finales del siglo XIX, la mujer tenía las mismas libertades que en Occidente. Podía aspirar a a ser objeto de deseo, esposa obediente y madre sumisa. Este era el destino de Akiko Yosano, nacida en 1878 y sometida al estrecho marcaje de su padre, temeroso de que perdiera la virginidad y con ella el honor del apellido. Estudió en un colegio de chicas y tuvo que ayudar en la pastelería familiar llevando las cuentas y envolviendo en hojas de bambú las tabletas azucaradas de alubias rojas por las que se pirraban los golosos de la época. Sin embargo, encontró una puerta abierta y la aprovechó. Cayéndose de cansancio, cuando llegaba la noche y se apagaban las luces, devoraba furtivamente libros a la luz de una pequeña lámpara. Tuvo además un buen maestro. Lo cito porque siempre he pensado que los buenos maestros forman parte del equipo de un gran escritor: se llamaba Osa Sugao.

Con veintitrés años Akiko se soltó el pelo. Literalmente. Publicó un poemario titulado Midaregami (que quiere decir Pelo revuelto). ¿No estaba condenada, por ser mujer, a jugar un papel de objeto? Pues el objeto tomó vida en 139 páginas y 399 poemas de cinco versos (tankas) hasta destilar toda la sensibilidad que una mujer joven, conocedora de su belleza podía dar de sí: “mientras me baño / en el fondo del agua, / igual que un lirio en flor… / ¡qué hermosos, oh, qué hermosos, / mis veinte veranos!” Su audacia y su frescura provocadora revolucionaron la vida literaria en Japón. La bautizaron como la poeta de la pasión, y qué pena que el japonés ande tan lejos del castellano. Ha tenido que pasar un siglo largo para que podamos leerla y disfrutarla. Los artífices del descubrimiento son José María Bermejo y Teresa Herrero, cuya traducción se degusta como si fuera poesía española.

Siempre que leo algo maravilloso, atribuido a un escritor al que no conozco, me pregunto si en realidad es un truco y será obra original en castellano atribuida a un heterónimo. En la adolescencia me lo creí de Tolkien (ignorante de mí). Me ha pasado otras veces y me pasa ahora con este libro de Hiperión: Akiko Yosano, poeta de la pasión. Aunque, sería injusto reducir a un heterónimo a esta heroína. El libro recoge poemas de Pelo revuelto, pero también posteriores, del tiempo en que dejó de ser joven pero siguió viajando y reivindicando los derechos de la mujer. Unida al poeta Tekkan Yosano (que se había divorciado para casarse con ella y del que tomó el apellido) dio a luz a once hijos. Precisamente, su poema más estremecedor, para mi gusto, es Primeros dolores de parto, donde entre otras cosas dice: “Con las primeras contracciones, / hasta el sol palidece, / y el mundo entero, frío, indiferente, / entra en extraña calma… Y estoy sola.”

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