La Duda


El otro día me acerqué a ver La Duda, esa película dirigida por John Patrick Shanley, que muchos consideran una maravilla y otros tantos califican de mierda infumable. Sumo mi voto a los primeros. El argumento es tan sencillo en apariencia que, cuando todo acaba, uno se pregunta si ya terminó: En el año 64, la directora de un colegio católico del Bronx, una monja estricta y perspicaz, se huele que el párroco del centro ha cometido pederastia con un alumno de doce años. No tiene pruebas, sólo indicios, pero se obstina en cercarlo hasta que el cura decide marcharse y (acertado detalle) es ascendido a director de otro colegio religioso. Quizás si la superiora no tuviese el rostro de Meryl Streep y el sospechoso de pederastia el de Philip Seymour Hoffman, estaríamos hablando de una calidad muy distinta. Pero el caso es que La Duda existe y sigue existiendo mientras uno desanda el vestíbulo y se aleja del cine.

Como todo en esta vida anda así de mezclado, asocio enseguida el argumento con el vídeo en el que el Gran Wyoming maltrataba verbalmente a una becaria de su programa El Intermedio. Un telepredicador de la cadena Intereconomía se había dedicado en las últimas semanas a desprestigiar al presentador con argumentos enconados y peregrinos, que buscaban sembrar dudas sobre su honradez. Sólo lo conseguía entre sus correligionarios. De pronto llegó a sus manos el vídeo por correo electrónico. Ya no era un indicio cogido por los pelos, era una prueba palpable: La certeza, más allá de toda duda, de la inmoralidad de su enemigo. Por eso no se entretuvo en comprobar la veracidad del vídeo. Lo emitieron, lo colgaron en Youtube y cayeron en la trampa: “Os la hemos colado” proclamaba la becaria en un cartel.

Aun así la duda sigue, porque nadie es perfecto y tal vez el Gran Wyoming sea un canalla en la intimidad. Igual que todo el mundo tiene un precio, todo el mundo oculta un vicio y puede que oculte también un traidor cuando haga falta. Es decir, cualquiera al que mires guarda una vida secreta, una incógnita, una duda. Es lo que buscaban los espías y contraespías de la Comunidad de Madrid: despejar algunas sospechas de sus rivales políticos (que eran del mismo partido) y evitar un engaño u obtener información para un chantaje. Los policías aseguran que la explicación de un delito suele ser siempre la más sencilla; en este caso sólo hay que mirar quiénes podían beneficiarse del trabajo de los espías (pagado con dinero público, por cierto). Los principales sospechosos, en cambio, han acusado a su entorno, a los otros partidos, al mundo, en un esfuerzo por extender la duda. “Todos somos iguales”, es el argumento. El sistema se puebla de dudas que abarcan a todos, sin dejar títere con certeza. Seguimos dudando. Cerramos los ojos y las dudas persisten. Y no es cine, es la vida.

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