El sexo del cerebro


Bueno, pues parece que, de momento, por lo que se sabe, el cerebro del hombre y el de la mujer trabajan de maneras diferentes. Esa es una de las conclusiones que sacamos de la charla que dio en Chinchilla Elsa Punset. Vino a hablar de las emociones y de cómo controlar las reacciones que producen, en uno de los talleres de la semana del bienestar emocional organizada por la Universidad Popular chinchillana. Enfocó su discurso a las mujeres, que celebraban su semana, pero nos colamos tres varones curiosos y un tanto temerarios. Por supuesto se cachondearon un rato de nosotros, pero también nos reconocieron que envidian nuestro cajón de la nada, ese compartimento del cerebro masculino que nos permite sentarnos a pescar o zapear ante el televisor sin pensar absolutamente en nada, como si no hubiera problemas.

Asegura la Punset que los dos hemisferios del cerebro femenino están muy bien conectados, lo que las mantiene en un permanente chisporroteo de ideas, estimuladas por el ir y venir de las emociones. Vamos, la loca de la casa, como definía Santa Teresa a la imaginación, ese remolino mental. En cambio los hombres trabajamos con el cerebro más compartimentado: tenemos un cajón para cada cosa, lo que nos dificulta en general realizar al mismo tiempo dos o más actividades, cuyos programas guardamos en estancos distintos. Sin embargo, esto de hacer varias faenas a la vez está chupado para las mujeres, que asentían con entusiasmo cuando la conferenciante iba describiendo la manera femenina de discurrir, mientras caricaturizaba la nuestra, como está mandado.

Claro, que al final, la conclusión era que las mujeres envidian nuestro cajón de la nada, ese reducto del cerebro masculino lleno de telarañas y completamente vacío, que nos permite descansar de emociones y hasta babear de pura indolencia. Por supuesto, hay gente para todo; se trata de generalizaciones, que siempre son odiosas, aunque parecen bastante corales por lo que pude observar durante el acto y a la salida del mismo, cuando las asistentes me pedían perdón por el cachondeo y me consolaban mentando mi cajón de la nada, recién estrenado como quien dice porque acababa de descubrir que lo tengo.

Evidentemente no fue el único tema de la charla de esta filósofa que se ha especializado en guiarnos a través de las emociones desde el título de su libro Brújula para navegantes emocionales. Por poner otro ejemplo, una amiga oriental le señaló que los occidentales nos morimos a los veinticinco años, aunque nos entierren a los setenta. Porque, más o menos a la edad en que nos creemos adultos, decidimos que ya no cambiaremos. Sin embargo, parece también comprobado que el cerebro humano es tan dúctil y proteico que podemos ser lo que queramos absolutamente a cualquier edad, con tal de que nos lo propongamos con suficiente fe y nos lo curremos, claro. Ella aprendió a bailar a los treinta, después de toda una vida de soportar que la llamaran la patita de la casa. Me emociona pensar que igual aún no es tarde para dedicarme al cante.

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