Leer contra el viento



No estoy acostumbrada a leer poesía, dice mi amiga. Conversamos parados junto al Parque en un paisaje urbano en el que todo se mueve, bien porque tiene motor propio bien porque lo arrastra el viento. El Parque entero silba como un bosque. Los árboles se agitan como músicos en éxtasis. Leo mucha novela, porque me sirve para evadirme, pero la poesía me exige una atención que no puedo dedicarle. Mi amiga desgrana su confesión con verdadero pesar. No es la primera. Los amigos que saben que eres poeta querrían leerte más, pero les cuesta y lo sufren. Hay que consolarlos: no te preocupes. Si tienes tiempo les explicas que Pepe Hierro comparaba la poesía con la música: todo el mundo puede disfrutarla cuando la oye, pero para desentrañar la partitura has de saber solfeo.

Nos enseñan de pequeños a juntar letras, pero a leer se suelta uno como puede, cada cual siguiendo un itinerario diferente de lecturas. No existen dos iguales. A los que hemos tenido la suerte de consultar técnicas de estudio, nos sorprende al principio que se describan varias intensidades: una más somera, de titulares y dibujos para plantearse preguntas; otra más detenida para captar el sentido general; otra más intensiva, párrafo a párrafo. Los que han desarrollado la lectura rápida, leen en diagonal, devorando con una visión periférica entrenada lo que sucede en los márgenes. Rara vez se habla, durante todo el periodo de aprendizaje escolar, de los distintos tipos de placer que proporciona la lectura.

Y sin embargo existe la inmersión de la novela, sumergirse en el fondo de un mar que es otra vida distinta a la tuya. El duelo intelectual de un buen ensayo, en el que avanzamos con el lápiz dispuesto a disparar. El suspense de un cuento que promete una sorpresa en cada párrafo. ¿Y la poesía? La asociamos con lucha. Nos enfrentamos al poema. Así lo exigía la asignatura: había que averiguar cuál era el tema, qué recursos utilizaba el autor, identificar la estrofa, señalar la rima, donde la hubiera. A veces costaba entender el enrevesado lenguaje barroco o el pinturero modernista. ¿Y el placer? Por qué asomarse a donde no hay placer.

Por supuesto, nada de esto le digo a mi amiga porque la aprecio. De pronto vemos volar hacia nosotros una señal de tráfico. El viento la ha arrancado y juega con ella como si fuera un platillo volante. La envía planeando a nuestros pies. La piso para evitar que remonte de nuevo y pueda degollar a un viandante. La poesía se lee a sorbos: un poema, después levantar la cabeza, echar un vistazo al mundo, volver a otro poema. Así. A sorbos, a ráfagas, como este viento que por un instante te enceguece, te quita hasta el resuello, no te deja pensar, sólo sentir. Cuando pasa, abres los ojos. A veces ves que vuela una señal de tráfico.

No hay comentarios: