Robinsón en El Retiro



Robinson Crusoe, el personaje de Daniel Defoe (1719), naufragó en una isla solitaria y supo apañárselas con una mezcla de rudimentos científicos y religiosos de la época para salir adelante en ese pedazo de terreno rodeado por el océano y transitado por caníbales. Antonio Martínez Sarrión le ha dado la vuelta a la tortilla encarnando en su último libro el papel de un Robinson moderno aclimatado al Parque del Retiro de Madrid, que visto por lo derecho no es más que una isla de naturaleza rodeada por cuatro millones de habitantes y acechada por más de un millón de vehículos que rugen sin sosiego. Si el náufrago de Defoe se defendía con los conocimientos prácticos adquiridos en la civilización, el maestro Sarrión esgrime sus infinitas lecturas y hace del paseo una delicia de erudición y de sorna manchega.

“Tenía que hacer este libro; no en vano llevo muchos años paseando una hora diaria por el Retiro”, confiesa el náufrago moderno, que por eso mismo no sigue un itinerario físico, sino que viaja del pasado al presente y de una puerta a otra con la naturalidad de quien se mueve por su casa. Todo ello utilizando como vehículo su prosa inconfundible, empedrada de hallazgos verbales y de palabras resucitadas con la gracia que le ha caracterizado desde que se destapó con su primer libro de memorias, Infancia y corrupciones (Alfaguara, 1993), sin cuya lectura ya nadie puede asegurar que conoce Albacete. El humor negro y la erudición nos llevan en esta nueva crónica a abrir tumbas con Felipe IV, a leer la desconcertante autopsia de Carlos II El Hechizado o a asistir al canje de una rata por dos velas de cera en los tiempos del hambre más atroz que dio de sí la guerra.

La primera parte del historiado título del libro (Avatares de un gallinero) alude a la afición del conde de Olivares a criar gallináceas, con las que se solazaba hasta el punto de llamar a su plumífera predilecta doña Ana y de deprimirse al perderla. Fue este personaje mofletudo quien cedió los terrenos a Felipe IV, el rey poeta, de lo que sería primero Retiro y luego Parque. A partir de este instante, y en medio de un referente de ermitas y lugares consagrados a la leyenda religiosa, se desarrolló lo que hoy queda de aquel vasto escenario. Sarrión se recrea en los detalles, sin perder su ritmo de paseo. Pero cuando más disfruta, y se le nota, es cuando describe las esculturas que adornan las plazas y avenidas, empezando por la simpar en el mundo dedicada a Lucifer y terminando por la recientemente trasplantada de Pío Baroja.

Lo que es una pena es que el Servicio de Publicaciones de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, que ha corrido con la edición, no haya completado el acierto poniendo más cuidado en los detalles y reduciendo la abusiva proliferación de erratas de imprenta.

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