Contando los días

Lo que me asombra de la prosa de Antonio García Muñoz es que sigo leyéndole y disfrutándola a pesar de que, cuando levanto la cabeza, comprendo que rara vez estoy de acuerdo con lo que dice. Que de hecho rara es la ocasión en que suscribiría sus palabras. Al contrario. Se complace en ir contracorriente en desarmar lo políticamente correcto. Se declara un misántropo de la vieja guardia e incluso se retruca misógino. No desaprovecha ninguna ocasión para reírse de las feministas y pitorrearse de sus argumentos, como tampoco pierde el tiempo fingiendo que odia el deporte: afirma que su gran ilusión es que un experto descubra que correr es malo. ¿Qué tiene entonces su prosa para mantenerme fascinado desde la primera a la última línea de su diario Contando los días, como ya me sucedió en su recopilación de artículos Contra la Mancha y otras manchas?
Indudablemente la explicación recae en el estilo. Eso tan denostado por algunos escritores que consideran que lo importante es contar historias sin que importe cómo se cuentan. Antonio García es la demostración de que no, de que la lectura puede ser un gozo, simplemente. Escribe como un príncipe, aunque lo haga en el diario rival. Su misantropía declarada es un disfraz, el de un tipo que disfruta yendo a la contra y que hace disfrutar al lector con esa mala leche llena de amenidad. Se asoma a El País a diario, para detectar cuándo la empresa propietaria se hace publicidad a sí misma. Se ceba con el poder, con lo que considera que ha sucumbido al consumo de las masas y defiende como un mitómano apasionado los pequeños placeres literarios o musicales donde encuentra consuelo. Porque acaricia sus libros como otros muchos harían con sus animales domésticos.
La vida más cercana, la que transcurre a su alrededor, en Albacete, que algunas veces le sirve de punto de partida para sus razonamientos, resbala en su timidez hasta el punto de que los que hablan con él sólo merecen una letra inicial, y punto. Su verdadera vida sucede en la cultura virtual, en la de los grandes nombres. Por eso corona el libro con un índice onomástico amplio y detallado. Muchas de sus notas sirven de guía para quienes no somos capaces de acumular tal cantidad de libros leídos, de películas vistas y de discos escuchados. No termino de entender esta adicción, pero Antonio García Muñoz es de los pocos articulistas que no me pierdo nunca. Y nunca me arrepiento. Su ironía es tan incontenible que ya me lo imagino con la ceja arqueada componiendo una respuesta para este artículo, un desplante que me deje aleteando. No sé si entonces estaré de acuerdo. Ya veremos.

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