Nostalgia

Qué tendrá la Feria que al acabarse lo embarga a uno de pena incluso en los años en que casi no la has pisado o no has llegado a pisarla, incluso en la diáspora, a través de lo que cuentan los amigos y los familiares, que te dejan oír por el móvil, de fondo, el desconcierto inconfundible, parecido pero a la vez distinto a todos los desconciertos de todas las fiestas patronales. O así nos lo parece a nosotros. Y nos alcanza el olor a polvo de los paseos, que suaviza un camión que los riega en las horas de recarga, el dolor de los pies, de soportar tanta curiosidad, tanto plantón, y sobre todo el encontrarnos las caras que sólo vemos de Feria en Feria, las caras que a veces no han cambiado en 365 días y que a veces han cambiado tanto que no las reconocemos. La Feria es retomar conversaciones que se mantienen vivas de año en año como si las hubiéramos interrumpido la víspera.
“Es otra vez lo mismo, apenas hay novedades”, le oímos decir todos los septiembres a algún conocido que se las da de explorador. A veces parece que es verdad, o casi, pero los años te enseñan que la auténtica novedad es el reencuentro con las personas cuyos circuitos cotidianos no coinciden con el tuyo, cuyos trabajos, hogar y relaciones los mantienen en un bucle que no tiene intersección con tu trabajo, hogar y relaciones, hasta que la Feria rompe el círculo vicioso y coincidís de pronto en el Paseo, bajo el estruendo de las tómbolas y os alejáis un poco del barullo para entenderos. Eso es la Feria. Eso y la disolución en la masa de zombis fascinados y risueños que se desplazan codo con codo, como un solo ser, cegados por la luz, ensordecidos por la mezcla de músicas que luchan por capturar la atención.
Ya ha pasado, pero sigue pasando. Porque como decía Borges de la lluvia, la Feria siempre ocurre en el pasado. De modo que el día siete, por muy lejos que me pille, alcanzo a ver la cabalgata, que también transcurre en la espera, entre el gentío que busca posiciones en los flancos del recorrido, entreteniendo la impaciencia de los críos, bebiéndose a sorbos la ilusión de todos los comienzos, el cansancio de la luz. Se vive en la niñez y ya se queda grabado para siempre. Luego basta con mirar el calendario. Estés donde estés el día diecisiete, alcanzarás a ver a los feriantes desmontar sus chiringuitos bajo un cielo que parece un reflejo gris del asfalto. Bueno, no los verás. Es uno de esos misterios que nunca logras explicarte del todo. Por la noche dejas el Recinto, los Ejidos, el Paseo abarrotados de gente, ardiendo de luz, vibrando en el desbarajuste de los altavoces. Y al volver por la mañana los encuentras desiertos, sin un alma, como si la alegría desbordada hubiera sido un sueño que se disuelve en el colegio entre los nuevos horarios y los nuevos libros de texto que reclaman de pronto toda la atención, o tú se la concedes para conjurar la nostalgia.
Y se te cae el alma a los pies porque de pronto comprendes que la que inicias es la rutina de todo el año, la rutina de octubre y de diciembre, y de enero y de abril. Y te sorprende la prisa y el sigilo con que los feriantes han recogido sus bártulos, sus engranajes, sus toldos y sus chiringuitos de chapa, una prisa que acentúa, y con qué intensidad, el contraste entre la bulla y la nada. Como si formase parte de su trabajo evitar que aceptes poco a poco, que te acostumbres a que ya se acabaron el verano y la Feria, hasta el año que viene.

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