Un pueblo bien criado

Cavendish es un pueblecito de Estados Unidos, situado en el estado de Vermont, cerca de la frontera con Canadá. Jamás he estado allí, pero desde esta semana forma parte de mi mitología personal. Y no por admiración hacia Alexander Solzhenitsin, el personaje que se retiró allí a vivir un exilio de dieciocho años (1974-1994), sino por la disciplina que demostraron sus habitantes para ocultar a los extraños la ubicación de su refugio. Todo ello según asegura Mario Vargas Llosa, que intentó visitarle por consejo de un amigo: “vale la pena que vayas allá sólo para que veas cómo lo cuidan los vecinos”. Ni corto ni perezoso, el escritor peruano se presentó en Cavendish y preguntó por el autor de Archipiélago Gulag a una mujer que abría un sendero en la nieve a fuerza de paletadas. “No quiero molestar al señor Solzhenitsin, sólo ver su casa de lejos. ¿Me puede indicar dónde está?” La mujer fue muy amable, pero sus indicaciones encaminaron a Vargas Llosa al borde de un precipicio desde el que no se divisaba casa alguna.

Volvió a la carga con tres o cuatro lugareños más y todos le engañaron en parecidos términos. Supongo que frustrado y con los pies entumecidos por la nieve, entró a reponerse a una bodega. El propietario le confesó la verdad: “Nadie en la vecindad le mostrará la casa del señor Solzhenitsin. Él no quiere que lo molesten y nosotros en el pueblo nos encargamos de que así sea. Lo mejor que puede hacer usted es irse”. Le faltó añadir “forastero” (si es que Vargas Llosa no lo ha suprimido de su crónica por decoro). Por cierto que me sorprende que un escritor de su talla deje para el final de su artículo esta anécdota. Supongo que los candidatos al Nobel se sienten obligados a dedicar largos párrafos de sus columnas a contextualizar la ideología del difunto. Pero a mí lo único que me ha interesado ha sido el pasaje de Cavendish, y casi me rindo antes de leerlo. Como si Vargas Llosa hubiera preferido ocultarlo. Al fin y al cabo, es una historia de ocultaciones que empiezan en el mismo Archipiélago Gulag, al que era imposible llegar a menos que uno pusiera verde a Stalin y lo arrestaran, como le ocurrió a Solzhenitsin.

Pero este ucraniano (1918-2008) era de los tozudos. Su interminable barba lo certifica, y los trabajos forzados y privaciones sólo consiguieron que se aplicase aún más en la escritura y que a los libros acumulados añadiera un reportaje literario de 800 páginas en el que contaba hasta los detalles microscópicos. Acababan de darle el Nobel, ya era ciudadano universal, con lo que no le fue difícil encontrar cobijo cuando le retiraron la nacionalidad soviética y le dieron la patada en el culo por difundir las verdades del estalinismo. Tampoco es de extrañar que prefiriera no recibir visitas en su nuevo domicilio, si contemplamos antecedentes como el de Trotski, al que su retiro en México no le libró de que lo ensartaran con un pico. Así las gastan los dictadores rusos. El espía envenenado con plutonio el año pasado en Gran Bretaña confirma el peligro.

No es raro, no, que Solzhenitsin prefiriera pecar de huraño antes que arriesgarse alternando en sociedad. Al fin y al cabo convirtió más anticomunistas con sus libros que la CIA con sus manejos. Lo prodigioso es que en ese pueblecito nevado de Vermont, los vecinos se conjurasen como uno solo para protegerlo. Intento trasladar esa unanimidad a cualquier pueblo de por aquí y me resulta inimaginable que no aparezca un esquirol o un corrupto. A lo mejor en Cavendish también lo había y Vargas Llosa no supo encontrarlo. Igual es que lo ha soñado.

1 comentario:

Edurne dijo...

Una curiosa historia, Arturo. Y creo que llevas razón. En España, al menos por algunas zonas, de esa conjura para proteger a alguien de los forasteros hubíera salido un traidor o un corrupto. Lo mejor es no probar, por lo que pueda pasar. Mejor me escondo en Cavendish que ya han demostrado su fidelidad.
Un saludo.
Nieves.