Sin guión

Hace unos cuantos meses todo Estados Unidos anduvo conmocionado por una huelga sin precedentes de guionistas. De pronto, no sólo los actores de cine, sino que también los que asoman la cara en televisión, y los de informativos y hasta los políticos, se encontraron con que no sabían qué decir y tampoco qué cara poner. Sin el alma invisible que está detrás de todo, da coherencia a la vida y mueve los discursos, el carisma se desarmaba como un maquillaje barato expuesto al sudor de agosto. Tuvimos entonces la oportunidad de comprobar que en estos tiempos en que la espontaneidad florece por doquier, nadie que aprecie su propia imagen articula una sola palabra ante los medios de comunicación si no viene avalada por un guionista solvente. Es decir que los guionistas estaban ya reconocidos por todos menos por aquellos que estipulan su salario; de ahí la huelga. Los carismáticos y sonrientes actores siguieron haciendo lo mismo que han hecho siempre, o sea mover los labios y recitar su papel, que en ese momento consistía en dar la razón a los huelguistas. Faltaría más.

Eso en Estados Unidos. Aquí en España vamos más despacio porque aún nos creemos que los pájaros maman, que los Reyes Magos existen y que la espontaneidad de que hacen gala determinados personajes es genuina y no procede, como todo lo demás, de un competente equipo de guionistas. Poco a poco nos van desengañando los críticos de cine que afirman de forma unánime que de un mal guión siempre sale una mala película y que de uno bien perfilado a veces, sólo a veces, surge una obra maestra. Nos van desengañando los comentaristas televisivos que alaban series como Camera café porque sus guionistas han sabido sacar leche de una alcuza y seguir ofreciendo buenos argumentos a sus excelentes actores cuando parecía que habían agotado el tema laboral. Y fue un clamor que el que le escribió lo de la niñita a Rajoy para el careo televisivo de la última campaña electoral metió la pata hasta la ingle, y que quién escatimó la palabra crisis durante más de un mes en los discursos de Solbes también.

O sea que el alma consiste en que lo que uno dice tenga sentido y parezca habérsele ocurrido de forma espontánea, es decir que tenga la frescura de una ocurrencia casual. Lo curioso es que para conseguirlo son precisas muchas horas de trabajo, casi siempre en equipos organizados con rutinas convencionales. Por ejemplo, los guionistas de algunas series de televisión suelen trabajar en grupos de cuatro y hasta de ocho que mantienen una primera reunión para establecer los dos temas sobre los que versará el episodio, luego cada uno los desarrolla por su cuenta y al final vuelven a reunirse para poner en común los hallazgos y escribir el texto definitivo. Es un sistema importado precisamente de Estados Unidos.

Cuando llega el verano, los guionistas titulares también se van de vacaciones y entonces existen dos alternativas: reponer episodios para goce de los forofos y hartazón de los demás o bien trabajar con guionistas sustitutos, menos solventes. Por eso en agosto la vida alcanza una espesura insoportable que achacamos al calor. Sólo nos queda tratar de liberarnos de los guiones ajenos y de los propios tumbándonos panza arriba a ver trabajar a los vencejos o a contar las estrellas que sobreviven a la contaminación lumínica, faenas propias de tiempos sencillos, sin más calentamientos de cabeza. Es el guión del descanso o el descanso de todos los guiones.

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