Música de Al-Ándalus

Dentro de 34 años se cumplirán ocho siglos desde que el comendador de Uclés, Pelayo Pérez Correa, expulsó a los árabes de Chinchilla (1242). Ocho siglos, que se dice pronto. Y sin embargo la semana pasada aún pudimos escucharlos. No a ellos, claro, sino la música que tocaban y con la que se deleitaban. La música del tiempo en que Chinchilla se llamaba Sintiyala y era una ciudad de mediano tamaño, una medina, situada en la frontera norte de la cora de Tudmir. La poseyeron más de cuatrocientos años. Y aún quedan algunas cosas de su legado: un castillo bastante diferente al que erigieron, tres almenas almohades sostenidas con un contrafuerte, unos baños que andan por ahí sumergidos bajo la estructura de una cochera y por supuesto el caprichoso laberinto de sus calles. Seguro que Aurelio Pretel y Luis Guillermo García-Saúco podrían enumerar algunas cosas más. A mí no se me ocurren.

Sin embargo, oyendo el domingo a la Orquesta Andalusí de Tetuán, que vino a tocar unas nubas en el claustro de Santo Domingo, retrocedimos esos ocho siglos. No es tan fácil borrar una estancia de cuatrocientos años. La luna creciente es la misma y también el cerro de San Cristóbal, que asoma su semicírculo de pinos sobre un pico del claustro. Ataviados con chilaba blanca y babuchas, los músicos reencarnaron para nosotros a sus antepasados en la misma lengua en que escribieron sus poetas. A ratos sonaban casi a flamenco, otras nos regalaban solos instrumentales de enorme hondura, alguno de Mostafa Ahkam con el nay (esa flauta de caña tan sencilla como antigua), o de Muhsen Kouraich con la darbouga (ese antecedente de nuestra guitarra), o de Jalal Chekara nada menos que con el violín (una incorporación moderna que tañido sobre el muslo y afinado a la manera árabe no parece un anacronismo).

Conducía, como él mismo dijo, Aziz Samsaoui, el maestro del kanún. Es este un instrumento peculiar, una especie de piano de mano sin envoltura. El músico pellizca directamente las cuerdas que resuenan en una caja de piel muy sensible a las temperaturas. “Paso más tiempo afinando que tocando” comentó Samsaoui, en su español afrancesado y con una simpatía que desataba risas del público en cada intervención. El viernes lo habíamos disfrutado en plenitud, esta vez como componente del grupo Al-Quimia y en otro escenario, la iglesia de Santa María del Salvador. Allí, entre la percusión de Khalid Ahabouone y las cuerdas y la voz de Juan Manuel Rubio, sus dedos extrajeron sonidos deliciosos de este singular instrumento del que es maestro absoluto. Pero los que han seguido los cuatro conciertos del ciclo recuerdan con más emoción si cabe al grupo Axivil Aljamía y al cantaor Pedro Sanz, que el jueves bordaron una selección de romances.

Por tercera vez Chinchilla ha celebrado su Festival de música antigua bajo el mecenazgo de la Fundación Aúno y la dirección artística del tenor José Ferrero. Este año se ha adelantado a julio, buscando el calor del verano y el abrigo del Festival de Teatro. Por complicaciones de infraestructura también ha perdido (y esto es una pena) su carácter itinerante por las ermitas de la ciudad. En cualquier caso, durante cuatro días Chinchilla ha vuelto a ser Sintiyala, sobre todo el domingo, cuando el público y los músicos de la Orquesta de Tetuán cantamos La Tarara en español y en árabe a la vez, como si aún no hubieran llegado Pelayo Pérez Correa y su ejército.

1 comentario:

Edurne dijo...

Me agrada saber que aún quedan partículas de lo que fuimos posadas sobre la mente de algunos talentos que se empeñan en recordarnos aquello que un día fue y que no debemos olvidar.
Un saludo.