Mercado medieval

La mejor prueba de que es imposible viajar en el tiempo es que no registramos visitas masivas de turistas procedentes del futuro. La afirmación es de Stephen Hawking, un tipo inteligente como pocos. Otra cosa es que a esos presuntos viajeros les pueda interesar un presente como el nuestro, desprovisto de misterios, pues todo lo que aparentemente merece la pena ocurre ante los focos y sale en televisión tarde o temprano. Encima corren el riesgo de ser detectados, ya que en nuestra época lo difícil es existir sin ser visto. Cuando no son las traicioneras videocámaras de los bancos son los peatones que llevan la cámara del móvil siempre alerta para que cualquier imprevisto los convierta en famosos. A los viajeros del tiempo sólo les queda como alternativa el anonimato de una aglomeración, la de una calle de Madrid, una playa del Mediterráneo o un macroconcierto veraniego, lugares ya muy vistos en el futuro.

Si yo tuviera la posibilidad de subir a un autobús del tiempo, elegiría un destino más exótico, como la Edad Media, en la que hasta las enfermedades eran misteriosas. El otro día, el mercado medieval de Chinchilla estaba lleno de moscas del año mil, que acuden en tropel todas las ediciones junto al bochorno de julio. Empiezo a pensar que las que viajan en el tiempo, pero en sentido inverso, son las propias moscas. Y no me extraña. Es evidente que en un mercado medieval moderno puedes encontrarte cosas que si las piensas resultan poco medievales, como carpinteros que fabrican juguetes con una máquina de marquetería, luz eléctrica o ropas de marca que asoman por debajo de los jubones. Nos pasan desapercibidos a los contemporáneos, pero también a las moscas, porque las moscas vienen más al olor.

Y no porque el olor sea malo, que las boñigas de los ponis duran apenas un par de minutos sobre el pavimento de la plaza, lo justo para que un par de personas las pisen inadvertidamente y se granjeen suerte para el resto de la jornada, como reza la tradición, no sé si medieval. El propio encargado de los equinos reaparece enseguida con un cogedor y una escoba a devolver las cosas a su sitio, un gesto más civilizado que el que exhiben tantos propietarios de perros en el siglo XXI. Uno que ha caminado sobre las calles de Trévelez inundadas de boñigas de varias especies siente que estuvo entonces más cerca del Medievo que en este mercado.

Y sin embargo la canela, el incienso, los tés, el cuero, la carne braseada, todos esos aromas mezclados en el humo tienen el don de hacerte viajar. A ti y a las moscas. Cierras los ojos y te asomas a otro tiempo. No se oyen coches, las fachadas antiguas impregnan el bullicio humano de timbres añejos. Y luego están los mercaderes medievales, que envuelven sus mercancías en historias como las de las Mil y una noches. Así un pañuelo no es un simple pañuelo, sino el que utilizan los monjes del Nepal para determinados ritos, o una piedra de color para lucir en el cuello no es un mero adorno, sino que alejará de ti los males que según la vendedora se ciernen sobre las líneas de tu mano. Y qué decir de los signos de la plata, del brazalete de cuero, qué intrincados caminos han recorrido para llegar desde un cuento hasta el mercado.

Hawking, otro contador de historias, tal vez no haya considerado la posibilidad de que los viajes en el tiempo sí que existen, al menos para las moscas y los cuentos que nos traen los mercaderes.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué bueno Arturo...
Aunque estos lugares no sean sino una muestra más del capitalismo (mejor si lo llamamos sacacuartos) imperante, son lugares perfectos para cerrar los ojos y dejar paso a todo un confluir en los oídos de gaitas y flautines, mercaderes ofreciendo sus productos y algún que otro animalejo.

Me alegró mucho verte allí.

Saludos, Cris.

Ricardo dijo...

Querido Arturo enhorabuena por tu magnífico blog, acabo de añadirte a mi lista.

Un abrazo.

Ricardo.

Edurne dijo...

Hoy he entrado por primera vez en tu blog, lo tenía en tareas pendientes, y me he encontrado con este post. Bueno, creo que los mercados medievales tienen de todo menos "medievales". Las moscas son las únicas que nos quedan, será cuestión de asumirlo.
Un saludo. Nos vemos.

Piso Piloto dijo...

Aunque los mercados medievales no sean más que otro elemento capitalista, he de reconocer que siempre que hay uno me dejo caer por allí, porque es como entrar un poco en otro mundo, y siempre viene bien cambiar de esfera.

Un besito