Treinta y cinco años

En los aniversarios que nos tocan de cerca (o de lleno), hay que echar cuentas con la referencia de la propia edad que es la que nos vale a cada uno. Yo era aún pequeño cuando este periódico se instaló en Albacete. Ni había decidido estudiar periodismo ni sabía lo que era el periodismo. Apenas recuerdo haber hojeado El Pueblo, que compraba mi padre, los dominicales y alguna vez, rara vez, La Voz de Albacete, donde Demetrio Gutiérrez me publicó unas insulsas entrevistas deportivas. Compañeros más precoces del instituto manejaban El País y parecían poseer un criterio sobre la actualidad que a mí se me antojaba admirable e inaccesible. Por entonces asistíamos a las tertulias de Barcarola en el hotel Los Llanos, y allí Juan Bravo mentaba muy a menudo a Ramón Ferrando y su diario La Verdad. Me resultaba muy lejano. En la adolescencia, al menos en mi adolescencia, el mundo real estaba tan lejos por lo menos como la luna. Y eso que enseguida echamos una mano en completar una sección literaria que salía una vez por semana en páginas centrales y que se inspiraba en temas tan mitológicos como Marilyn Monroe o Bob Dylan.

A Ramón Ferrando no recuerdo haberlo conocido. La primera entrevista de mi vida me la hizo Ángel Cuevas, por teléfono, el día que quedé finalista en un concurso literario pomposamente mundial. Recuerdo sus preguntas secas, su amistad inexpresiva y sin embargo cálida, a la que la barba fue dando sentido más tarde. Y recuerdo coincidir en las ruedas de prensa con Faustino López, y escucharle realizar preguntas con la misma soltura en español que en inglés, cuando el protagonista de la rueda de prensa se defendía mal en castellano. Después vinieron las conversaciones con José Antonio Domingo, cuando yo me acercaba a la redacción con alguna excusa a que José Antonio, que escribe tan bien como fotografía y que es a la vez un tímido patológico, me pusiera al día de esa realidad que se esconde detrás de lo que creemos que es la realidad. Por cierto que cada vez se camufla mejor y a veces es difícil distinguirlo en la redacción. Pero el que me tendió una mano definitiva fue Pepe Sánchez de la Rosa, que me abrió una página para mí solo. Desde entonces, soy leal a La Verdad, como otros son del Barcelona o del Atlético de Madrid (Pepe mismo).

Un periódico, cualquier periódico, lo que hace es descomponer la realidad en temas y volver a organizarla en secciones. O sea, hace de la realidad un laberinto que a su vez el lector recorre según le dicta su capricho. Un periódico es un lugar de encuentro con algunos amigos (que lo son ya, aunque uno no los conozca) y con uno mismo. Todos los estanques reflejan la luna, pero en cada una de ellos el entorno consigue que parezca diferente. Todos los periódicos reflejan la actualidad, pero cada uno la encierra en un laberinto diferente. De tanto asomarnos siempre al mismo estanque, el entorno termina siéndonos tan familiar que la vida parece incompleta si un día estamos de viaje y no lo encontramos a mano. Nuevos amigos, Ana Martínez o José Fidel López, o Elías Jiménez, con los que más trato, han mantenido viva la trayectoria, añadiéndole los matices de sus personalidades. Gracias a una universidad de Boston sabemos que nuestra rutina transcurre en apenas diez kilómetros. Y cada día miramos la luna desde el mismo diario.

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