El incidente y las carreras populares

De pronto una ráfaga de viento mece las copas de los árboles y arranca de las hojas un largo susurro. Esta escena inofensiva, tan gratificante en el tórrido verano, produce una inquietud cercana al desasosiego entre los espectadores de la película El incidente (The happening). Poco a poco la vas asociando al trance en el que caen cuantas personas se encuentran cerca de la ráfaga: pierden el control sobre sus acciones y sobre su propia integridad y se suicidan con lo primero que encuentran a mano, como si esa fuera la única finalidad para la que han venido a la tierra. Incluso guardan turnos, cuando es preciso, para utilizar por ejemplo una pistola. Sin duda no se trata de una película redonda, el guión está lleno de trucos que asoman por las costuras, pero no se le puede negar a Shyamalan (director también de El sexto sentido) el mérito de desasosegar al espectador mediante el viejo método de mostrarle con toda frialdad los detalles más cruentos para impedirle mantenerse al margen.

Pensaba en ello a la mañana siguiente (siempre me despierto rumiando las películas que vi por la noche, especialmente si me han impresionado; y muchas veces me han impresionado aunque no haya sido consciente mientras las veía). A la mañana siguiente yo estaba en El Sahúco, esperando que empezara la carrera popular de esta semana. Teníamos que recorrer a pie los diecisiete kilómetros que separan el santuario y el pueblo de San Pedro, organizador de la prueba. Es posible que mucha gente no sepa que existe un circuito de carreras populares, coordinado por la Diputación, que abarca nada menos que 28 pruebas, repartidas entre los meses de febrero y diciembre. Cada una se disputa en una localidad distinta de la provincia. La organización es modélica y la participación tan nutrida que hay que verla para creerlo.

Quinientos corredores nos citamos en el Santuario el domingo. Allí estábamos contando chismes, bebiendo agua y estirando para entretener el retraso en el pistoletazo de salida. Los organizadores estaban pagando la novatada. Los corredores la padecimos luego, subiendo la primera cuesta y enfilando luego el camino pedregoso que cruza un bosque de pinos, pero sobre todo al asomarnos al páramo en Cañada Juncosa, donde ni una mala sombra podía protegernos del sol inclemente en los más de siete kilómetros que nos separaban de la línea de meta. Allí, sobre una carretera de ese asfalto viejo que es más piedra que asfalto, sufrimos lo indecible. Y aun así llegamos 464 de los quinientos, un 93 por ciento de los que habíamos salido, lo que proporciona un indicio de lo preparada que viene la gente, a parte de los africanos que suelen ganar en la categoría masculina. Simplemente acabar ya es una hazaña.

Aunque vengo oyendo en varias carreras, y preguntándome a mí mismo en los primeros kilómetros (cuando la fatiga aún no han minado el raciocinio) qué demonios pinto yo allí, sufriendo otra vez, castigando mi cuerpo en esa singular odisea que sólo es creíble porque me acompañan cientos de personas, muy pocas de las cuales la hubieran emprendido en solitario. Cuando salíamos vi cimbrearse las copas de los pinos de El Sahúco con ráfagas inquietantes y cada vez más escasas, y todavía pude asociar nuestra pequeña agonía (que sólo va dejando espacio al alivio cuando cruzas la meta) con la pérdida del sentido que sufren los personajes de la película El incidente. Sin embargo ya estoy inscrito para la próxima. ¿Quién lo entiende?

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