Incunables

En Los Llanos se reunió Negrín con sus generales en retirada, en Chinchilla estuvo preso César Borgia, las rejas de la Diputación guardan muescas de la bomba que mató a unos brigadistas. Buscamos las vibraciones de un personaje que apenas pasó unos minutos o unas horas en el lugar donde intentamos recogerlas. Y sin embargo, el Archivo Histórico ha expuesto durante un mes más vibraciones históricas de las que puedan flotar sobre cualquier lugar de la provincia. Una exposición de recolectores de vibraciones, porque se trata de libros incunables, es decir editados hasta el año 1500 inclusive con imprenta de tipos móviles. Libros que nacieron del trabajo de varias manos y que han pasado después por muchas generaciones de manos antes de llegar a nosotros. No siempre para ser leídos. Por ejemplo Francisco Mendoza, comisario de la muestra, sospecha que a una primera edición de las obras de Julio César le faltan las primeras y últimas hojas porque fueron utilizadas como papel higiénico.

Pero eso son accidentes necesarios que revalorizan lo salvado. Se calcula que se tiraron 28.000 ediciones de libros desde que Gutenberg ajustó la imprenta de tipos móviles en 1452-53 hasta que se terminó el siglo. Eso significa más de medio millón de ejemplares, de los que sólo un millar se imprimieron en España. Pero la exposición del Archivo ha acogido los que se conservan en la provincia de Albacete, que proceden de distintos puntos del globo. Están por ejemplo dos páginas de la primera biblia (de 42 líneas) de Gutenberg y también el primer libro de viajes de la historia, con un grabado de la ciudad de Venecia de más de metro y medio de largo que no cabe entero en la vitrina. Una maravilla que imprimió el calígrafo Peter Schöeffer, uno de los dos socios de Gutenberg (el otro era el capitalista Johann Fust). Además hay que señalar que el de Maguncia sólo recreó un invento que ya usaban en China desde el siglo XI y que no logró hacerse rico con la empresa con las que tantos se han forrado y se siguen forrando.

La exposición del Archivo Histórico ha reunido tanta vibración y tan bien expuesta y explicada que entrar en el recinto significaba automáticamente cambiar de siglo. Contribuían al efecto los paneles divulgativos y la maqueta de la imprenta de Gutenberg confeccionados por José Carlos Molina con maña de artesano medieval. También es suyo el diseño del catálogo, capaz de poner al día al más lego en la materia. Y ahí estaban los manoseados libros de horas, las medias hojas del diccionario hispano latino de Nebrija (probablemente rescatadas de las tapas de otro libro, que aquí se aprovecha todo) y también algún que otro incunable mexicano. Algunos han descansado cinco siglos en la estantería de un convento sin ser ni acariciados. Y junto a ellos, la estrella de la exposición, un cuaderno de alcabalas del Doctor Díaz de Montalbo, el único ejemplar que se conserva. Tanto apreciaban los Reyes Católicos la sabiduría de este hombre que le enviaron a su casa de Huete al impresor en 1484 (con la presa cargada en un carro, algo habitual en la época), para que enumerara a los exentos de pagar los impuestos reales, que eso son las alcabalas. Me lo explica el comisario Mendoza con su tono minucioso y erudito, su acento pasado por París y Barcelona, y su retranca de tímido. Luego confiesa que lo más parecido que ha conocido a un éxtasis místico lo experimentó al sopesar el códice del Poema del Mío Cid en la Biblioteca Nacional, cuando aún se fiaban de los estudiosos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Visitar la exposición, además de sumergirse en el pasado, de valorar en mayor o menor medida los libros y páginas protagonistas, de aprender de los paneles divulgativos, constituyó para mí ante todo, un placer para los sentidos, entrar en un recinto saliendo del presente para volver a la realidad un rato después, con la sensación de haber gozado.