A vista de pájaro

A veces nuestra vida no nos parece vivida hasta que no la miramos desde lejos. De hecho el turismo es una excusa para mirarse con perspectiva desde un lugar desacostumbrado del mapa donde parecemos otros sin dejar de ser los mismos. Pienso en ello mientras contemplo las fotografías que ha expuesto Fernando Medrano en Internet (www.fmedrano.com). Instantáneas por ejemplo de Barrax tomadas desde el aire, es decir a vista de pájaro. En ninguna de ellas se ven personas; aunque se adivine alguien dentro de un tractor diminuto y lejano que deja tras de sí una polvareda casi etérea. Más que personas las fotografías nos muestran las huellas que las personas han ido dejando sobre el terreno mientras lo modificaban, mientras iban creciendo y multiplicándose sobre él.

Dicen que a los cuarenta años uno tiene la cara que se ha ganado. Después de tantos siglos de uso, el campo presenta una acumulación secular de arrugas, pero a ras de tierra no se aprecian, todo parece uniforme y monótono. Sin embargo, desde la altura los caminos son líneas que se acercan sin llegar a tocarse, hay senderos que corren paralelos a la autovía, curvas frutales, casi sensuales, que forman los linderos, fronteras entre los barbechos y los bancales cultivados. Hay un árbol frondoso que sirve de bisagra a un camino que cambia bruscamente de dirección bajo su copa. Y cada trazo es un mensaje. Detrás de cada una de esas curvas y ángulos hay una larga costumbre compartida. En medio de esas líneas delgadas ha caído el sudor, se ha experimentado la preocupación, el miedo, también la alegría, algún que otro escarceo amoroso. Aunque desde la altura sólo quedan las huellas, las arrugas del trabajo que ha brotado de estas experiencias.

Fernando Medrano ha sabido sacar partido plástico a los matices. Son fotografías muy hermosas todas ellas, aderezadas con citas de corte machadiano, como la que se pregunta “para qué llamar caminos a los surcos del azar”. Antonio Machado no supo encontrar otro refugio de su propia vida que sus paseos y los poemas en los que fue depositando sus cicatrices vitales, las curvas que trazaba el Duero en torno a Soria, las colinas plateadas, los grises alcores, las cárdenas roquedas por las que transcurría. El corazón del viudo aún joven que era se acompasó con estos paisajes que terminan pareciéndosele como si hubieran emanado de su profunda tristeza. Sus citas encajan en los secos campos de nuestra comunidad, donde unos pocos árboles puntean de verde la fotografía, en medio de texturas sinuosas y lienzos ocres.

Pienso en cómo se verá desde esta altura el millón de árboles que han prometido plantar en un tercio de la sierra procomunal de Chinchilla, un auténtico bosque, una ciudad vegetal que en el mejor de los casos necesitará espacio y tiempo (y lluvia) para tomar consistencia. Si son las especies apropiadas, no llegaremos a verlo en apogeo, porque las especies del bosque de transición mediterránea tardan en cuajar, no como esos pinos que pasan de pimpollos a adultos en un soplo. Cuando salgo a correr me pregunto cuál de ellos fue el que yo planté siendo un zagal, en una excursión del colegio que ahora veo con la vista de pájaro que dan los años, tan lejos que no sé si fue cierta. Contemplo los campos inmortalizados por la cámara aérea de Medrano, y se me van los pensamientos y me salgo de mí, como suele ocurrirnos cuando contemplamos arte de verdad, que vemos nuestra propia vida como si no fuera nuestra.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Tus artículos siguen rebosando la poesía que corre por tus venas. Y así, con tus artículos, haces que saboreemos ese manjar delicioso que nos ofreces.
Y para retratar tus palabras, qué mejor en este caso que acudir a las señas que nos muestras. Ya con las fotografías delante, exprimimos más todavía las frases con las que has obsequiado mi sobremesa.
El paisaje como bien dices es aquí otro que resultaría imposible aprehender desde el suelo. Y esos caminos serpenteantes se me antojan venas y arterias secas por las que sin embargo transita la vida. Los surcos, el vestigio del arañazo con el que el hombre se esfuerza por agarrarse a la tierra. Los árboles diseminados parecen los restos del acné que cubren la piel de nuestra vida terrena.
Gracias de nuevo por acariciarnos con tus palabras

Anónimo dijo...

Me gusta eso de viajar para mirarse desde un lugar extra�o...
jj