Dar de leer

Las jornadas regionales de lectura se han celebrado este año en los Baños de Benito, en Reolid, que es un lugar idílico en el que cualquier autor romántico situaría un personaje que se aleja con un libro en las manos, para componer una pose detrás de un telón de ruiseñores, álamos y aguas cantarinas. La realidad es diferente, tirando a mejor. Alguna vez que hemos puesto en común nuestras costumbres de lector entre los amigos, nos hemos sorprendido descubriendo lo maniáticos que somos: desde el que va cambiando de sofá y de postura a medida que devora capítulos hasta el que se abisma en el retrete. Ninguno se extasía impertérrito en un sillón (lo que no quiere decir, claro, que no haya lectores que prefieran el sillón) y desde luego nadie se pierde un panorama idílico por leer, a menos que sea una lectura singular, deliciosa, esclavizadora. Al fin y al cabo la belleza distrae tanto como el ruido.

Aunque es verdad que no íbamos a Reolid a leer, sino a ver cómo dábamos de leer a nuestros alumnos. En pocos procesos educativos como éste de dar de leer siente uno tan a fondo que está viviendo una experiencia (a pesar de que la enseñanza es siempre una experiencia para el docente y para el alumno; la excusa es la información que deben intercambiar). Después de haber oído tantas noticias apocalípticas sobre lo poco que se lee en España y de llegar a imaginar la lectura como una actividad en trance de extinción, uno esperaría encontrarse en estas jornadas a un puñado de irreductibles tratando de salvar la última batalla ante el avance imparable de las tecnologías. Sin embargo, si hubiera que resumir con una palabra el ambiente predominante en Reolid, yo escogería la palabra entusiasmo.

Entusiasmo entre quienes aplican un plan de lectura en su centro y expectación entre quienes están buscando la manera de introducirlo. Eso sí, todos conscientes de que no se trata tanto de provocar una acción, la acción de leer, como de despertar el deseo de disfrutar leyendo. Resulta curiosa la cantidad de centros de enseñanza en los que se lee poco y mal, o no se sabe en realidad si alguien lee, porque la atención se concentra en la acumulación de contenidos y el recuento de resultados. Siempre lejos del placer, de la experiencia compartida, contagiosa, de leer. Le intrigaba a San Agustín ver que San Ambrosio leía tantas horas en su celda, cuando la lectura silenciosa aún no se había generalizado. Stevenson no quiso aprender a leer hasta los siete años para que su aya le contara más cuentos. Sin saberlo, aquella mujer estaba alimentando el deseo lector del autor de La isla del tesoro, que luego recuperaría con creces el retraso.

Cada persona es ante todo la historia que se va a contando a sí misma con palabras. Y necesitamos el lenguaje para conocernos, para traspasar nuestro concepto del mundo de una generación a otra, para convivir. La lectura enriquece nuestro lenguaje y nos ayuda a ser más felices. Pero además puede resultar una experiencia tan intensa que nadie merece perdérsela. Una experiencia compartible, porque comentar un placer es perpetuarlo. La Consejería de Educación estaba impulsando la lectura en los centros de enseñanza de la región; durante dos años lo ha hecho muy bien. Cuando el proyecto empezaba a funcionar, ha reunido en el paraíso de Reolid a los profesores implicados, al tiempo que retiraba la inversión. Cualquier proyecto sin inversión que lo apoye es igual a cero. Los ruiseñores, los álamos y las aguas cantarinas de Reolid son sólo un marco para las fotografías. Nuestros alumnos se merecen una lectura para todos los días del año.

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