Río fantasma

Como se dice de algunas personas que mueren de forma accidental, los ríos tardan un tiempo en comprender que están secos. A lo largo de su curso la brisa mece los chopos, cantan los jilgueros, el cielo se refleja en los últimos charcos y reina en el lecho un rumor como de aguas que corren, que a lo mejor es una ensoñación de las piedras, igual que las caracolas marinas conservan el rumor del mar incluso cuando llevan años sirviendo de adorno en la estantería de un despacho. Hasta los peces que no murieron hace 13 años en la anterior sequía boquean bajo el puente de Cuasiermas creyendo que sobrevivirán a esta nueva agonía. Pero la realidad es que a lo largo de esos ocho kilómetros que siguen al embalse de Alarcón, el río sólo se ha mantenido vivo en los mapas físicos donde los escolares estudian la geografía de Castilla-La Mancha.

Hace veinte años, en Cerdanyola, tuve ocasión de convivir con un río que allí llaman Sec, pero que sin embargo fluía por un cauce artificial de cemento, con más aspecto de canal que de río. Cierto que aquella sustancia viscosa no parecía agua en el aspecto ni en el color (con el sabor no me atreví a experimentar), pero cierto también que por las noches, cuando se establecía el silencio de la ciudad dormitorio, uno escuchaba el canto de aquel líquido y era como si el río embrujado tuviera permiso para desembarazarse de su hechizo en las horas en que nadie lo veía. Por las noches sonaba como un río de verdad. Del mismo modo, se puede pasear por la Rambla del Agua en Chinchilla, donde yo nunca he visto agua, y aún se siente bajo los pies el temblor delgado del agua, o a lo mejor sólo su añoranza.

Miramos al cielo pidiéndole más lluvia, como si el cielo tuviera culpa de algo. Pero tendría que caer un auténtico diluvio de semanas, un monzón entero (que no nos gustaría tampoco) para que el acuífero 18 volviera a unos niveles aceptables, para que los pantanos respirasen y nosotros con ellos. Dicen los ecologistas que todo se reduce a un problema sencillo de contabilidad: entran ciento ochenta hectómetros y gastamos más de trescientos. Así hasta que se acabe. La sequía es una catástrofe lenta, y por tanto fácilmente controlable. No es tanto acarrear camiones cisterna y promover faraónicos trasvases con los que se desnuda a un santo para vestir a otro, sino poner al mando de la situación a un buen contable de los de antes, con manguitos y con más interés por el futuro que por el presente.

Después de haber creído que beberíamos para siempre agua del Júcar, volveremos a beber el agua de los pozos, filtrada con carbono para aliviarla de olor y de sabor, aunque tal vez no lo suficiente de los nitratos acumulados. O sea que seguiremos acarreando bidones de agua del supermercado, do mana el agua más clara (en algunas etiquetas dice que procede de Valencia, pero vete a saber), y entre trago y trago cerraremos los ojos para soñar que bebemos el agua de una fuente que murmura al arrullo de los grillos. Y cuando salgamos al paisaje seguiremos presenciando las irisaciones de los pivotes que inundan los maizales. Pero no son ellos quienes tienen la culpa. La culpa es de quienes ponen a los lobos a cuidar el rebaño de las aguas, no sé si porque aúllan más fuerte o porque dan más miedo que los corderos. Y los corderos aquí seguimos, caminando por el cauce seco de un río que aún no se lo cree, una experiencia estremecedora. Como haberse colado en una película post nuclear.

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