A este lado del olvido

No recuerdo si he cerrado bien el coche y desando dos manzanas para comprobar que en efecto había echado el seguro. Pero si yo no lo recuerdo, ¿quién lo ha cerrado? ¿En qué estaba yo pensando? ¿Dónde estaba mi consciencia mientras mi mano pulsaba el botón de estacionar del mando a distancia? A veces la desmemoria nos somete a dudas aún más delicadas: sé que he conseguido aliviarme, pero dónde, en cuál de los lavabos del edificio donde trabajo. Espero no haberlo hecho en donde no debía porque confío en que mi piloto automático no comete esas torpezas. Pero hasta qué punto puedo fiarme de mi piloto automático. Y sobre todo, hasta qué edad podré seguir fiándome. El psiquiatra Luis Rojas Marcos intenta tranquilizarnos con la siguiente reflexión: lo preocupante no es perder las llaves, que eso le pasa a todo el mundo; lo preocupante es encontrar las llaves y no saber para qué sirven.

Somos memoria. Nuestra consciencia es memoria. Nuestra identidad se forma con los datos residuales del relato que nos vamos contando a nosotros mismos. Pero en ese relato no cabe todo, es necesario olvidar para dejar espacio a nuevos datos y que no se sature el disco duro. Desde hace unos años escribo un diario cuya lectura me permite, entre otras muchas cosas, anticipar los síntomas de la alergia que me visita todas las primaveras y también los remedios con los que intento paliarlos, pero que se desdibujan durante las tres estaciones restantes. Si no fuera por el diario tendría que estudiarme de nuevo y hacerme otra vez los análisis que ya dictaminaron que mi cuerpo se rebela contra el polen de las gramíneas y de los rodanos.

El diario es un mensaje que me envío a mí mismo de un año para otro, lo que me garantiza el reencuentro del que fui con el que seré, el renacimiento estacional. Un amigo me contaba el caso de un compañero suyo de trabajo al que habían extirpado parte del cerebro y que sufría lagunas de memoria que le obligaban a escribirse papelitos para recordarse las cosas. Pero terminaba olvidando dónde había guardado los papelitos, de tal manera que cuando los encontraba habían perdido actualidad y ni siquiera lograba interpretarlos. Los papelitos se le iban acumulando en los bolsillos para multiplicar su extravío. El orden es sólo un ingrediente más de la memoria. El científico del relato Paycheck de Philip K. Dick, descubre que el sobre con el que le pagan su último trabajo contiene en realidad un cúmulo de objetos que se ha enviado a sí mismo antes de que le borraran la memoria. El problema es establecer el orden de utilidad de cada uno de esos objetos; de que consiga reconstruirlo depende su supervivencia.

Uno llega a una edad en que es capaz de convivir con la vida olvidada, que es mucho mayor que la que se recuerda. Pero los escolares aún no han comprendido el significado del olvido. Se estudian un tema una semana antes del examen y ya lo dan por sabido, sin volver a mirarlo, como si los datos quedaran impresos de forma indeleble en su mente. Comprueban que no funciona y deciden estudiar siempre un día antes, para evitar el olvido. Nadie les explica que existen los repasos, que bien espaciados mantienen viva la lección en la memoria. Eso y disfrutar, porque recordamos más lo bueno que lo malo. Dice Rojas Marcos que el olvido es necesario para la convivencia. El que perdona pero no olvida termina acumulando demasiadas relaciones conflictivas, como la yo que mantengo con el que cierra el coche a mis espaldas.

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