Por una sociedad sin dimisionarios

Están pensando el modo de ir a Marte y eso que aún no nos conocemos a nosotros mismos. A lo mejor porque nos tenemos demasiado cerca. Será por eso que ha tardado tanto en asentarse una de las observaciones que hizo Sabuco hace más de cuatro siglos (1587): que los sentimientos influyen en la salud. Cabría añadir que en todo lo demás también. Y sin embargo llegó a ponerse de moda en el XIX la idea de que la razón lo puede todo. El siglo de las luces lo llamaron; ahora sabemos que era el de las pocas luces, porque los que mandan de verdad son los sentimientos. En cambio al siglo XX podrían llamarlo el de los focos, que se han dedicado a convertir en espectáculo lo que alumbraban, ya fuera un escarceo amoroso o una guerra mundial. El resto quedaba en penumbra, donde aún siguen muchas, demasiadas cosas.

Pero desde que Daniel Goleman se sacó de la manga la Inteligencia Emocional (1995) y consiguió la luz de los focos, las cosas han cambiado. El siglo XXI retomará al fin el mensaje de Sabuco y quizá, cuando se acabe, haya sido el siglo de los sentimientos. Son muchos los psicólogos, filósofos y gurús de distinto pelaje que se han apresurado a pregonar que la felicidad es posible si uno controla algunas técnicas. Tampoco parece tan complejo. Si se picotea aquí y allá, todos más o menos repiten con distintas palabras las mismas afirmaciones básicas: que los sentimientos empujan a la acción y que no podemos controlarlos, aunque sí podemos controlar las acciones a las que nos empujan.

En definitiva, que todos sabemos lo que es sentirse frustrado y lo experimentamos de vez en cuando, pero cada uno reacciona a su manera. Desde el que lo soluciona dándose un garbeo, al energúmeno que le propinaba una paliza a su mujer cada vez que perdía su equipo favorito. Nadie se libra de la frustración, pero puede prevenirla en alguna medida eligiendo proyectos coherentes con la imagen que tiene de sí mismo y con lo que se siente capaz de hacer. Se trata de saber motivarnos, mantenernos en el camino y aprender a demorar la obtención del logro. Como afirma en una entrevista Luis Rojas Marcos, la felicidad es entrenable como un músculo. Aunque la vida es muy compleja y nuestro equipo perderá tarde o temprano. Entonces habremos de saber controlar el impulso que nos provoca la frustración y canalizar nuestras reacciones.

Básicamente en esto se resume la famosa inteligencia emocional. Sin embargo, tanto como la ira, la depresión y la ansiedad, la frustración genera otra respuesta: la huida, la desconexión. Iñaki Piñuel, un psicólogo del trabajo lo ha descrito en su libro La Dimisión Interior. Dice que muchos empleados españoles padecen este mal que achacan a falta de comunicación en el trabajo, a no disponer de apoyo de sus superiores y a dedicarse a tareas aburridas y sin interés. Me digo, tate, si eso se aprende ya en la escuela, donde abundan los desconectados emocionales de lo que está sucediendo a su alrededor (y no sólo entre los alumnos, que este oficio es duro). Fracaso escolar lo llaman y no hemos encontrado aún el modo de atajarlo. Bastaría con evitar la frustración dosificándole las metas a cada alumno según sus necesidades. Pero para eso hace falta un sistema que no adocene, es decir más profesores y mejor preparados. Y que los alumnos vengan ya de casa sabiendo lo que son los límites, o sea el autocontrol. ¿Demasiado? Más lejos está la luna y hay quien dice que la hemos pisado.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El sistema no puede responder a esa diverdidad de la cual hablas, porque NO LA CONTEMPLA, hasta ahora, no cuenta ni con los recursos necesarios, ni con las alternativas educaticas, para que todo el alumnado pueda sentirse reconocido y respetado por el sistema educativoe..., fruto de esto aprarecen las frustaciones, a las cuales haces referencia, tanto en profesorado, como en padres, como en los propios alumnos y compaleros, y los pronósticos no parece que sean muy halagüeños.

Anónimo dijo...

Según comentas ¿podría ser la felicidad una habilidad más y por lo tanto entrenable?