Andrés García Cerdán: Grunge (poesía 1997-2022)

ANDRÉS GARCÍA CERDÁN
Grunge
Reino de Cordelia, Madrid, 2022

«Ajeno a la inmortalidad, / vistes de negro y fumas. / Este es tu retrato ecuestre: / cabalgando a lomos del humo, / en las volutas yéndote / al cielo».
 

Andrés García Cerdán (Fuenteálamo, 1972) es rockero activo con The Rimbaud Company al mismo tiempo que poeta y profesor de Literatura. Un multifacético que no reniega de las mezclas, como indica a las claras el nombre del grupo en el que toca. En la antología poética que acaba de sacar en Reino de Cordelia recorre el camino contrario: la ha titulado Grunge y ha espigado en ella los poemas más guitarreros de su cosecha, que ya es cuantiosa. Cabalgando en esta música, Cerdán es un poeta épico que describe, narra, se deja ir y siempre está buscando arder en cada verso: «nosotros aprendimos a no pedir perdón, / a no tenerle miedo al ruido, / a revolcarnos en el suelo eléctrico. / Y aprendimos a enloquecer con calma / y a amar a aquella chica rubia / que ―como todo― aún estaba por llegar / y ya se había ido». En su afán, el poeta unas veces se dirige a las multitudes como un émulo de Allen Ginsberg, otras se para a consolar al tipo que sale del bar al amanecer con los oídos zumbando por la vibración de los altavoces, y que seguramente es él mismo, siempre caminando entre dos luces, bajo una lluvia incómoda, siempre tratando de disolverse en el nirvana del ruido, de rallarse para no pensar, para solo sentir mientras arde: «la música que para mí escriben los buitres / estalla en la otra orilla. // Una luz cegadora hay más allá ―lo sé―, / y yo, que soy un espejismo, / me entrego a un espejismo». Para encauzar los versos necesita un interlocutor, ya sea un alter ego, cualquiera de sus ídolos, algún colega o un amor de paso. En algunos momentos se acerca peligrosamente al límite como en «Bañeras», que es casi una apología del suicidio. Sin embargo, el personaje extremado que parece moverse continuamente al borde del abismo en realidad se está aferrando a su pose de rockero, a la estética de su maldición, que es la que lo sostiene: «ser un evangelista, pescador / de hombres por las sendas nunca holladas / de cualquier fe».

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