María Antonia Ricas: Aprendiendo el lenguaje de los pájaros

MARÍA ANTONIA RICAS
Aprendiendo el lenguaje de los pájaros
Celya, Toledo, 2021

«El silencio blanco de la lluviosa mañana de domingo que traen los charranes, las gaviotas, los cisnes migrantes. A pesar de las llamadas, de la algazara, no hay otra cosa que silencio».

María Antonia Ricas (Toledo, 1957) es una poeta prolífica a la que le gusta asociar sus versos con otras artes. En la última década ha ofrecido poemarios que dialogan con El Greco (2013), con Hopper (2016), con piedras preciosas (2018) y con el arte romano antiguo desde las pinturas de José Antonio Villarrubia (2019). Todos estos libros han ido apareciendo en la editorial Celya en maquetaciones tan cuidadas como los propios textos. Ahora les sigue este Aprendiendo la lengua de los pájaros, dividido en tres partes que se inspiran en pájaros primordiales, en textos antiguos y en las aves tratadas por la pintura o la música. Como cuando Borges hablaba del infierno o de los seres imaginarios desde citas que no sabemos si son reales o inventadas, pero que nos desbordan de sugerencias, Ricas parte de textos enigmáticos que exhalan un ligero aroma oriental. Muchos son bellos en sí mismos. Así describe a Rhiannon: «Diosa celta equivalente a la Artemisa griega. Se aproxima ondulada como una bandada de pájaros, seduce y luego se marcha como un viento leve». La poeta usa estas citas como punto de partida para expandir la realidad que esbozan, con lo que que aventa la imaginación y su abanico de posibilidades. Cuando recrea el Chakon Paciente, dice: «la noche alcanza el clima de un exceso de amor (...) Se parece al agua plateada que se deja tocar por el satélite y salen de ella tímidas criaturas sin nombre». En medio de la leyenda, asoma a veces el entorno de María Antonia Ricas: las campanas de Toledo, los árboles que rodean su terraza y también el dichoso confinamiento durante el que ha ido cuajando el libro: «Esta mañana he visto al jilguero cantando, un cuerpecito diminuto en la rama, y he sentido la lentitud del estrato fino de la niebla, las últimas luces de la ciudad y el gemido de los hospitales. Y todo era porque esperábamos la lengua fucsia de un milagro repentino».

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