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GUNNAR EKELÖF Partitura Edición bilingüe. Traducción de Francisco J. Uriz Fundación Ortega Muñoz, Badajoz, 2017 |
En 1958, Gunnar Ekelöf entró en la Academia Sueca, la que
decide los Nobel de Literatura. Dos años después firmó su obra cumbre, la
trilogía Diván, referencia obligada de
la poesía sueca del siglo XX. Apenas ocho años más tarde murió de cáncer.
Entre
medias, dejó escritos los versos que su mujer, Ingrid, agrupó bajo el título de
Partitura. Están divididos en dos
partes simétricas de veintitrés poemas. Pero mientras que, en los primeros,
Ekelöf mantenía vivos los borradores introduciendo correcciones en su línea
habitual de trabajo, la segunda parte puede considerarse un testimonio de su declinación.
De hecho, las dos últimas piezas, incapaz ya de mantener el pulso de la
escritura, se las dictó a su mujer que las recogió en taquigrafía. Hay fragmentos
que transmiten la crudeza de su estado, como el insomnio que empieza «Cansado,
cansado hasta el punto de no poder cerrar los ojos…» y que se desarrolla, casi
como escritura automática, hasta terminar: «las noches son lo peor porque todos
duermen. Su sueño se me presenta como un milagro puramente animal. Si pudiesen
compartir un poco, el problema estaría resuelto». Como no podía ser menos, en
plena confusión, el poeta intenta deslindar su identidad: «encontrarme conmigo
mismo como con un extraño», o en otro momento, rimbaudiano en el delirio: «Soy
mi propio dueño / ¿Cómo es posible? / Solo porque / tú eres yo». En la primera parte
del libro prevalece el hombre que estudió música de joven y que se apasionó por
las culturas orientales. El título Partitura
remite a esos orígenes, pero también tiene algo de pictórico y de enigmático:
las notas son veleros lejanos que buscan las palabras en las que encarnarse y ser
poema: «Vivo en la esperanza / en la que he sufrido: / llegar a ser comprendido
alguna vez». Ekelöf (1907-1968) escribió sobre la soledad, en especial la
causada por la indiferencia: «Todos sentimos lo mismo / Una sangre que hervía /
contra la Tiranía / de los indiferentes». También empezaba a asomarse al vacío:
«¡Oh, muerte! / (…) muéstrame tu rostro / sin que yo necesite cavar mi tumba /
como un arqueólogo».
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