Antonio Rivero Taravillo: Los hilos rotos

ANTONIO RIVERO TARAVILLO
Los hilos rotos
Reino de Cordelia, Madrid, 2022

«Un mismo idioma: / nuestra etimología, nuestra sangre / que riega las raíces / de lo que somos».

El ayuntamiento de Lucena ha creado un premio de poesía en memoria de Manuel Lara Cantizani (1969-2020), que fue concejal del municipio durante más de una década, pero sobre todo publicó once poemarios y fue un activista cultural hiperactivo. El primer ganador ha sido otro clásico de la poesía andaluza, Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963), otro todoterreno imparable que traduce, escribe novelas, ensayos, aforismos, biografías, dirige la revista Estación Poesía, ha publicado once libros de poemas y anuncia que ya tiene otro a punto de salir. De momento, en Los hilos rotos, usa el viejo esquema cernudiano (suya es la mejor biografía del sevillano de la Generación del 27): parte de una anécdota cotidiana y luego la eleva, bien con una reflexión, bien relacionándola con otra vivencia significativa de su vida. Por ejemplo, puede extraer del congelador una bolsa de menestra y que el sonido del hielo le remita al glaciar Perito Moreno. También puede relacionar unos murciélagos a la manera de Vallejo: «No migratorias aves, / no pájaros. / las fijaciones negras de viejas pesadillas». Taravillo es un trabajador del lenguaje y en el idioma suele encontrar referencias líricas, como los versos que abren esta reseña. Los elementos le hablan con su propio lenguaje cuyo conocimiento es un regalo para cualquiera que sepa escuchar: «Pasando aduanas del aire, los vientos / cambian de nombre en cada geografía. // Pero el sonido / de su roce en las hojas / es muy anterior a Babel. // Un idioma que, al escucharlo, / no aprendes: / recuerdas». Otra faceta, propia de aforista, y sevillano de adopción, son las imágenes rápidas, entre copla y greguería: «En la ebriedad del viento, / los árboles brindan / con sus copas». Y en otro momento: «Como si fuera cine, y no teatro, / corre en sesión continua / el calendario». Algunas piezas se alargan hasta ser casi cuentos en verso, como «Un camarero», donde sin embargo la primera estrofa tiene intenso valor por sí sola.

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