Antonio Rodríguez Jiménez, Estado líquido

ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ
Estado líquido
Isla de Siltolá, Sevilla, 2017. 63 páginas, 10€
Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978) es un poeta con conciencia. No se limita a glosar la belleza de la vida, a electrizar con emociones. El mundo en el que vive no le gusta y lo denuncia en su escritura.
«Nada depende sólo de ti. / Suceden cosas. / Todo empieza a torcerse de repente, / en otro sitio, siempre en otro sitio…». Se inscribe en la corriente de los poetas comprometidos, en otro modo de mostrar con versos la injusticia, de reconocer sentimientos invasores como la vanidad o la envidia, de la que traza un irónico elogio: «No hay nada más humano que el deseo de lo ajeno / ni nada más hipócrita que intentar ocultarlo». Un poeta que se espanta viendo cómo mata el gavilán o cómo cae del nido la cría de golondrina, y queda expuesta a los depredadores. Un poeta que acepta, sin embargo, que esa es la manera de actuar de la naturaleza: «Sólo a mí, que soy frágil, me sorprende / la sobria fortaleza de los seres salvajes, / que caen de los aleros del riesgo y de la vida / y aspiran hasta el límite de su tiempo tan breve / libertad verdadera». Antonio Rodríguez acepta en definitiva que los bárbaros acechan, como en el poema de Cavafis: «Vivimos en el aire, / en una grieta abierta en la memoria». Y usa la escritura para hurgar en esa grieta, en los recuerdos de la infancia, en escenas familiares que le dejaron huella y, sobre todo, en el futuro intacto todavía de sus hijos, que intenta salvaguardar con el conservante de la ironía, como en el poema «Invencible», o convirtiendo en pasado lo que acaba de ocurrir, como «El verano de 2016»: «Aquel verano eterno en que nosotros / dormíamos muy juntos, hermosos e intocables, / y yo empecé a escribir en tiempos de pretérito / como si todo hubiera sido un sueño, / como si hubiera ardido para siempre». Rodríguez reivindica la poesía como herramienta, imperfecta, pero la única a la que es digno entregarle la vida, a la que confiar el legado de Sísifo, condenado por los dioses a repetir eternamente su castigo: «Aquí os dejo el peor de los venenos, / la dignidad, el peso insoportable / de la razón, que nunca será vuestra».