González-Calero, Ida y vuelta

ALFONSO GONZÁLEZ-CALERO GARCÍA
Ida y vuelta
(poemas 1985-2015)
Almud ediciones de Castilla-La Mancha, Toledo, 2017
«Pero entre tanto has descubierto al fin un orden / una frase que enuncia la escala de deberes: / tu amor, los amigos, los otros, el mundo». Lo primero que sorprende de este poemario de Alfonso González-Calero (Ciudad Real, 1951) es que sea su primer libro publicado.
Sorprende si se ha seguido, aunque sea de lejos, su larga y prolífica trayectoria como periodista vinculado a diversas instituciones por su condición de funcionario, gestor cultural, editor de más de una treintena de títulos al frente de Almud y artífice del semanario Libros y nombres de Castilla-La Mancha, que está a punto de cumplir trescientos números. Si ha sido así de generoso con el mundo, que es el último en su escala de deberes, cómo no será con los amigos, que aparecen antes. En realidad González-Calero ha escrito desde siempre y lo que ahora ve la luz es una selección de al menos seis poemarios inéditos, escritos entre 1985 y 2015. Eso sí, haciendo gala de su prudencia proverbial, se ha lanzado a la publicación arropado con citas de multitud de autores, citas que a menudo parecen ser las inspiradoras directas de la pieza que encabezan, casi a modo de título. Y además, en un gesto infrecuente, el poeta cierra el libro con dos poemas ajenos, aunque dedicados a él, de sus amigos Miguel Galanes y Francisco Gómez Porro. A pesar de cubrir un periodo de veinte años, la poesía de González-Calero no ha experimentado variaciones temáticas sustanciales: «hablo de cosas que no cuestan dinero». Se aferra a los versos como a un consultorio en el que dilucidar la impotencia por el paso del tiempo, la incapacidad de la razón para poner orden en el vivir: «se desborda la vida cuando intento cogerla / y no te dice nada si la obligas a hablarte». La vida duele, sí, el tiempo pica en la garganta cuando transcurre. Pero aún podemos capturar ciertos matices, que no es poco consuelo. De hecho, el tiempo duele menos cuando los ruidos quedan lejos y el poeta se detiene a contemplar su cuarto lleno de papeles, pero quieto. Y puede preguntarse: «¿De qué estás hecho? / De tu propio orgullo / De obras de los otros, / De despojos / Y del leve cariño de unos cuantos».

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