Miguel d'Ors, Manzanas robadas

MIGUEL D'ORS
Manzanas robadas
Renacimiento, Sevilla, 2017
Maravilla comprobar con qué pocos elementos se pueden tocar tantas teclas. Miguel d’Ors se ha replegado en Cotobade y allí teje sus versos con el paisaje y la memoria como únicos materiales poéticos, que diría Gil de Biedma.
En realidad no es tan extraordinario. Al fin y al cabo se trata de «dos infinitos: uno el cielo y y otro lo / que llevo en mi interior». Tampoco es una novedad: ya sabíamos del río Almofrei y de Carballedo, y de otros topónimos, por poemas anteriores de D’Ors, que considera que la emoción también se alimenta de los nombres propios de los lugares y de las gentes y que ha convertido su nombre en un contrapunto de sí mismo contra el que clava los dardos de la ironía. Esta vez el contrapunto aparece menos porque el verdadero protagonista del libro es la voz secreta que nos habla desde la naturaleza, «la que lleva y trae / las escuadrillas de aves a lo largo del año / y gobierna las lunas, las mareas, / los vientos y las lluvias», la que el poeta espera oír también para que le «despierte el canto». «La realidad –medito- / siempre tiene segundas intenciones. / Cada cosa del mundo es ella misma / y algo más: un mensaje». Y el libro es un muestrario de los mensajes que le llegan desde ese mirador. Tanto le vale una feria que lo rapta hacia la infancia, como el sonido de un hacha en medio del silencio de octubre, como la nieve que delata unas huellas de gorriones en la acera, como el croar de unas ranas que rescatan, de las brumas del olvido, un momento dorado: «Nunca hubiera podido recobrarlo / de no haber sido por aquellas ranas, / aquella noche odiosas. Ahora con estos versos / las estoy perdonando». Por supuesto, también, entre otros muchos estímulos que iluminan momentos del ayer, está el sabor de unas manzanas que esperaban, al otro lado de la tapia, la pequeña aventura de saltar a cogerlas: «Quizás escribir versos solo sea / otra manera de robar manzanas». Son las que ponen título a este poemario de Miguel d’Ors, lleno de remembranzas vivas, que nos convierten a sus lectores en vecinos de Cotobade mientras ramoneamos por el libro: «si alguna vez, en algún sitio, fuiste / feliz, nunca regreses».


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