Bajo la sombra del árbol en llamas

ANA MARTÍNEZ CASTILLO
Bajo la sombra del árbol en llamas
La isla de Siltolá, Sevilla, 2016
Hay un surrealismo que parece brotar siempre de Sobre los ángeles de Alberti y de Poeta en Nueva York de Lorca, que fueron libros de cabecera de la Blanca Andreu de De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall. Ahí, con los mestizajes actualizadores, han mamado casi todos los neosurrealistas españoles que han venido después y han merecido la pena.
Ahí bebe también Ana Martínez Castillo (Albacete, 1978), que, además de las imágenes de los citados, reivindica a Alejandra Pizarnik, la extrañeza, el factor inquietante del subconsciente. El título Bajo la sombra del árbol en llamas es en realidad ella misma, según confiesa. De este modo enigmático y desconcertante la describió hace muchos años una conocida y con ello prendió el incendio que ahora viene ardiendo a nuestras manos en la colección Tierra de La isla de Siltolá. Se trata por lo tanto de un poemario que persigue capturar la propia identidad, el gran tema de la poesía desde Borges. Cada pieza es una búsqueda en los laberintos interiores, porque todos los paisajes y todos los seres que aparecen descritos son trasuntos de la autora, que finge ser y finge buscarse y finge no encontrarse, como por otra parte es coherente con otra de las líneas inmortales de la lírica, la del Pessoa de «El poeta es un fingidor». Ana Martínez sigue las pistas «porque la vida se reduce a ordenar / los límites desordenados / del mundo, / a no volver a preguntarte / por qué los otros pueden / ser imperfectos / y tú no». Como la Alicia de Carroll, se enrosca, busca un hueco, se expande y se reduce, siendo ella y la otra al mismo tiempo, desdoblándose en los personajes de la imaginación, que nunca dejan de ser ella misma: «ser uno de los seres que habitan la madera, diáfanos, aniquilados y verdosos…». Esa huida constante del espejo, esa acumulación de imágenes «es el placer, sencillo y tímido / de no reconocerme». Y sin embargo, y no por llevarle la contraria, yo me emociono más cuando más la encuentro, ya como madre vigilante del sueño de su hija en «Vigilia», ya en el estremecedor homenaje a su tia en «Era». Aunque sepan sus «palabras / como un veneno a media noche».

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