Haiku de las estaciones

VARIOS AUTORES
Haiku de las estaciones
Coordinación Alberto Manzano, colaboran Francisco Lapuerta, Javier Parrilla y Tutomu Takagi
Hiperión, Madrid, Edición d 1985 revisada en 2016
Hay cosas que reconcilian con uno mismo: cuando el frío te arrincona ante una manta y un buen libro, a veces se agradece lo que ya conocías. El haiku ha ido expandiéndose sin perder su pequeño tamaño, se ha modernizado, se ha occidentalizado, pero conviene no perder de vista sus orígenes y regresar a ellos de vez en cuando para orientarse.
Haiku de las estaciones, editado en 1985 y revisado ahora, parece no aspirar más que a devolvernos la esencia de Bashoo, de Buson, de Shiki, de Suogi y de algunos más, de los primeros. Es un trabajo en equipo. Alberto Manzano capitanea la edición en la que han colaborado Francisco Lapuerta, Tsutomu Takagi y Javier Parrilla. Lapuerta resume en pocas palabras la esencia del género: citando a Bashoo, aclara que el haiku se limita a «mostrar lo que ocurrió en cierto lugar y en cierto momento». Además señala la importancia del kigo, la palabra que nos permite saber la estación del año a la que alude el haiku. Ya digo que nada nuevo. Y sin embargo, por qué será que hasta los haikus que ya nos sabemos de memoria nos suenan como si los estuviésemos estrenando: «El viejo estanque; / Una rana salta dentro, / El sonido del agua» y «Nada indica / En la voz de la cigarra / Que pronto morirá», ambos de Bashoo. Tal vez son cambios sutiles o la sensación acumulada de leerlos juntos, ordenados por estaciones, o la pura nostalgia. Cada poema viene acompañado por su original en japonés y su transcripción al castellano. Los autores no han querido obsesionarse con respetar el canon métrico de 5-7-5 sílabas, y para mi gusto también aciertan. «Eso es todo: / El camino acaba / En el huerto», de Buson. «”La peonía, así de grande”, / Dice la niña / Abriendo los brazos», de Issa. «Silencio; / Una hoja de castaño / Se hunde en el agua», de Shohaku. Son solo unos ejemplos que nos transportan. Es curioso: por qué me da la sensación de que es más fácil apreciar y calibrar la sensibilidad de estos poemas cuando se leen lejos de la naturaleza, rodeados por el frío del invierno y tal vez por la lluvia, si ha habido suerte: «Qué felicidad / Despertar vivo en el mundo. / Lluvia de invierno» (Shooha).