Tú me mueves, de Agustín Pérez Leal













AGUSTÍN PÉREZ LEAL
Tú me mueves
Valencia, Pre-Textos, 2016

La poesía de Agustín Pérez Leal (Teruel, 1965) se dirige casi siempre en este libro a un interlocutor que a veces es la lluvia, otras un girasol, una calandria, la luz en varias ocasiones: «Alta brisa del sol, sagrado ahora / posado sobre el alma del aceite».
En cada poema va cambiando el objeto de sus apelaciones, pero enseguida vemos que al otro lado siempre está la naturaleza en sus infinitas formas. Naturaleza a la que pertenecen también exaltaciones del ánimo, como la propia alegría. Naturaleza de la que forma parte, por supuesto, el amor. Apela en su versos, pero no siempre espera una respuesta, o al menos no dentro del poema; el suspense que propone la pregunta es el objeto mismo de los versos, como cuando le dice al agua: «Ven y mírame siempre; / considérame parte / de tu ajuar, de tu dote» o le dice al paisaje: «Descansa, mundo, mientras / hila otra aurora el viento de la noche», o le dice al amor: « Tu cumple tu camino, / yo voy a estar aquí / los ojos puestos / en lograr que me mires». Desde el título, tomado de un soneto anónimo del siglo XVI «A Cristo crucificado», el libro nos plantea una inmersión mística, eso sí revisada, panteísta, moderna. Aun así, para ponernos en situación, alimenta la atmósfera con ecos de versos teresianos bien renovados («Mirar y morir / son uno mismo», «sé que seré callado por oír») o  sanjuanistas («Tengo el mundo en la punta de la lengua / y no sé bien si lo sabré decir»). A veces propone saltos que requieren del lector un esfuerzo de complicidad, como cuando explica que un tordo se posa en un granado y luego echa a volar; el final del poema («granados brotarán, / quién sabe dónde») sugiere que el tordo difundirá la semilla del granado, pero se trata de una asociación no explícita, enigmática. A medida que avanzamos en el poemario, el interlocutor va integrándose en la naturaleza y disolviéndose en ella («En este mundo estoy. / Recién regado») o («Nunca tuve raíces. / Me acuna el aire»), para acabar desdoblándose y apelándose a sí mismo en tercera persona, ya libre de ataduras, en un éxtasis final: «Ven y baja. Regresa / al amor, a la infancia, / al sin ti, tu certeza».