Orquesta de desaparecidos

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
Orquesta de desaparecidos
2015, Madrid, Editorial Hiperión
Uno de los privilegios de escribir es que puedes ir dejando constancia de tu vida más allá de las fotografías, más adentro. El diarista describe normalmente lo que ha vivido. El poeta lo que ha sentido. Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) mezcla ambas cosas. En 2006 abrió un camino entre el diario y la poesía con Los hombres intermitentes donde retrataba la sencillez de la infancia cuando no se ha perdido.
La mirada infantil deformaba y recreaba la realidad. No en vano, Irazoki emprendió la escritura con el grupo CLOC de Arte y Desarte, que entre 1978 y 1981 reivindicó el surrealismo como herramienta de creación literaria. Ahora ha ampliado aquel rescate de sentimientos y días con Orquesta de desaparecidos. El territorio sobre el que escribe ya no se limita a la infancia; abre la perspectiva a lo que el adulto se ha ido dejando en el camino: «Las personas que se alejaron de mi vida forman la orquesta. Sus muertes o su desamor se han convertido en música». Y literalmente lo que leemos es música. Porque Irazoki no se dedica a retratar a las personas o las experiencias con ojos prácticos, sino desde la mirada infantil que ha sabido salvar y que las contempla diluidas en armonía con el corazón: «Me anuncian la muerte de una persona que conocí en mi infancia o juventud e, inmediatamente, siento la desaparición de un paisaje. La superficie que se desgaja deja en la niebla un torso, los brazos, los pies que fueron dos caminos paralelos. El roble y la higuera son ojos borrados cuando las frases salen del teléfono y entran en mis oídos». Cuanto más cerca están los paisajes perdidos, más nítidos quedan: la entereza del padre, que fue el equilibrio y al que presiente luego en lugares que nunca compartió con él; la estremecedora resonancia de la hermana: «cuando pienso en ella, palpo un obsequio: me acompañó para que yo supiera estar solo». Las lecturas, otros artistas o los paisajes son instrumentos de la orquesta. Incluso el euskera, que nunca quedó atrás: «quien ama un idioma ama todos los idiomas». Irazoki destila la realidad y la transforma en un cuento hasta conseguir que todo parezca mayor y que lo sea.

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