El otro yo de García Márquez



A los escritores se les homenajea leyéndolos. ¿Pero qué releer del inabarcable Gabriel García Márquez? No me he ido a un libro. Me he ido a aquellos artículos que publicaba los miércoles en El País cuando yo era estudiante de periodismo. Guardo muchos de ellos, subrayados, en el papel cada vez más quebradizo y amarillento de los diarios.
Encima de todos figura el titulado Mi otro yo. Con la estructura cuidada y envolvente que lo caracterizaba, cuenta cómo se le atribuían conferencias que había dictado en lugares donde jamás había estado, cartas de denuncia que supuestamente había escrito e incluso firmado de puño y letra, libros propios que había dedicado a los amigos con una rúbrica que difícilmente sería capaz de distinguir de la propia, aunque con la salvedad de que no era la propia; hasta se le llegaron a atribuir parentescos inusitados: gente que le comentaba los partidos de fútbol que jugaba con su amigo Humberto en Acapulco y hasta le agradecía los favores recibidos a través de él, cuando Gabo no tenía ningún hermano Humberto; gente que le felicitaba y hasta enviaba flores por haber sido padre de una niña, la niña que nunca tuvo. “Porque lo más injusto es eso: que el otro es el que goza de la fama, pero yo soy el que se jode viviendo.” Este recordatorio no puede ser sino una glosa, el verdadero artículo, que hay que leer, se publicó el 17 de febrero de 1982. Y me imagino que figura entre los que conforman su libro El olor de la guayaba. Bendito seas, Gabriel García Márquez (nunca tuve la confianza suficiente como para llamarte Gabo) por los mundos que nos has dado y nos seguirás dando, aunque ya no te jodas viviendo.

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