Adiós a una íntima desconocida


Ha muerto Wislawa Szymborska. Ni siquiera sé pronunciar su nombre polaco y sin embargo le profeso ese afecto que se dedica al gato familiar. Tampoco la conocía personalmente, ni de pasada. A raíz de su muerte, estas últimas semanas, me he fijado más en sus fotos, en las que posaba con un aire extravagante, de bruja fumadora, y en las que iba envejeciendo divertida. Sin embargo, y a pesar de todo, su muerte me ha tocado más hondo que el abanico de pesares de una semana en la que seguimos cayendo en picado hacia el franquismo, con la condena a Garzón como asunto estrella. Ya ni el deporte nos anima. Los franceses nos han chafado el Tour de este verano eliminando a Contador por comer carne dopada y han puesto en serio peligro Roland Garros al mostrar el monigote de Nadal vacunando a una mesa con una jeringuilla monstruosa. Hasta Arancha Sánchez Vicario ha renegado de su gloriosa juventud y del buen rollito de deportista aplicada, para desenmascarar a la verdulera que se tira de los pelos con sus padres, en público, por un puñado de millones. En realidad Szymborska (1923-2012) murió la semana anterior, pero uno vive inmerso en dos velocidades: la vertiginosa que se queda en la epidermis de los telediarios y de los papeleos y las gestiones nuestras de cada día, y la de los sentimientos, que se van acumulando lentamente, como si nevara en el corazón, hasta que de tantos copos que caen, las emociones cuajan y toma forma el muñeco. Y el muñeco es que me duele la muerte de Szymborska, aunque la seguiré teniendo a mano en la biblioteca y en la memoria. Me duele después de haber releído sus poemas llenos de charcos y de nubes y de plantas y de gente que no tiene quién hable por ella. «Alma se tiene a veces. / Nadie la posee sin pausa / y para siempre». Y qué carajo, es verdad. Entre las pocas actividades en las que siento que el alma vuelve a espesarse en mi organismo está el leer poemas. Cuando los poemas son buenos y los leo sin prisa, que tampoco sucede todos los días. A Szymborska no la conocía, pero la he ido conociendo en sus versos. Sin duda cuidaba las plantas de su casa y hablaba con ellas: «tengo nombres para vosotras / y vosotras no tenéis ninguno para mí». Había ganado el Nóbel de Literatura en 1996 y sin embargo cada vez le preocupaba más su propia identidad. Ella también se miraba en las fotos y se decía: «pareces un espíritu / que intenta invocar a los vivos». Miraba las nubes, tan etéreas y cambiantes, tan lejanas, y se comparaba con ellas: «Las nubes no tienen la obligación de morir con nosotros. / No necesitan ser vistas para poder pasar». Se comparaba con las cosas elementales. Era consciente de que el haber nacido humana y mujer eran simples anécdotas, que hubieran podido producirse de otro modo: «En el vestuario de la naturaleza / hay muchos trajes. / Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte. / Cada uno, como hecho a la medida, / se lleva dócilmente / hasta que se hace tiras». Y del mismo modo que sabía que el alma es inestable, también buscó la eternidad en las grandes teorías, en el platonismo, para concluir que se trata de simples «residuos del gran Silencio en las alturas». Alguien que te susurra estas y otras cosas, al ritmo que tú quieras escucharlas, está mucho más cerca que personas con las que compartes la superficie, pero no la profundidad de los días. Por eso me duele que desaparezca, aunque lo que he conocido de ella seguiré conociéndolo, incluso se enriquecerá con sucesivas relecturas. Es lo bueno de la buena literatura, que en cada edad encuentras nuevas capas en las que no habías reparado en incursiones anteriores. Además, seguro que Wislawa seguirá escribiendo, como pasa tanto con los genios una vez muertos, que siguen entregando poemas o cuadros o partituras inéditas. Szymborska no aclaraba nada, pero lo desvelaba todo: «Y sin cesar no saber / algo importante».

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gran artículo, Arturo. Otro más. Si no lo conoces, te recomiendo un libro de prosas de Szymborska, "Lecturas no obligatorias", Ed. Alfabia. Antonio.

Arturo Tendero dijo...

Muchas gracias, Antonio. He leído ese libro y he disfrutado de la facilidad que tenía esa mujer para dar importancia a las cosas aparentando que se la quitaba.
Arturo