Desde el lado invisible


Somos más, pero no se nos ve. Es extraño encontrarse en las manifestaciones a la vera de amigos de la infancia y de la adolescencia de quienes nos habían alejado los vericuetos de la rutina. “¿Qué haces tú aquí?” “Ya ves”. Después de tanto, nos reencontramos en el mismo equipo, el de los que consideramos que se pueden gestionar de un modo muy distinto las cosas de todos, para que sigan siendo de todos. Vestidos de verde o de rojo, o de lo que toque ese día, caminamos un rato, lanzamos algunas proclamas, abarrotamos las arterias céntricas hasta que no cabe un alfiler: la calle Ancha de punta a punta, el Paseo de la Libertad, la plaza de la Constitución o la Avenida de la Estación frente al edificio de Educación. Es estimulante. Algún amigo dice: “estas marchas me rejuvenecen, me recuerdan los tiempos en que corríamos delante de los grises; entonces había que venir en zapatillas”. Otro las llama irónicamente procesiones. Y algo tienen de procesiones laicas, en rogativa porque vuelva a nuestro secano la lluvia del sentido común. Al día siguiente, sin embargo, comprobaremos en la prensa y en los otros medios que no estábamos donde creíamos estar. Que esa multitud abrigadora con la que caminábamos del brazo no era tal, sino, en todo caso, un grupúsculo de radicales. En algún medio ni siquiera se hacen eco de la cifra que ofrecen los organizadores; reproducen en primera plana, sin más, el magro contaje que han hecho los responsables de la administración, que nos miran con gafas reductoras lógicamente. Como si no existiéramos ni para contarnos. Nos pellizcamos, nos manoseamos los tendones a ver si hemos atravesado el espejo sin darnos cuenta, pero nuestra materia sigue intacta. Lo que es virtual es la desaparición. Pero a ver a quién se lo cuentas, si no ha estado allí y no lo ha visto como tú. Por eso no puede sorprendernos que el día de ir a votar nuestros votos tampoco pesen en las urnas. No quiero decir que desaparezcan virtualmente. Es otro el fenómeno, que ya detectábamos durante las procesiones: “¿Tú a quién vas a votar?” “Yo a Equo”. “Andá, pues yo a Izquierda Unida”. “Yo al Psoe”. “¿A quién has dicho”. “Hombre, ya sabemos que son de derechas, pero hay que contrarrestar el voto del PP”. “Yo me abstendré”. “Yo votaré a San Nicolás bendito, que es el santo que me toca en esta ocasión; en las anteriores voté a San Supermán”. Y en estas se me acerca un antiguo alumno, que también viene con la manifestación, pero transportando una carpeta y bolígrafo, y me pide que firme para que puedan presentarse los del Partido Comunista de los Pueblos de España. “Nos van a votar cuatro”, reconoce, “pero es injusto que nos impidan estar ahí”. Si intentas argumentar que con esta división no vamos a ninguna parte, otro amigo, muy razonable en cualquier otra tesitura, te suelta: “vale, pues vamos a votar todos a los míos”. Y a ver qué le respondes. Total, que estamos todos en el mismo lado, pero cada cual en su equipo, con lo que no salimos de la invisibilidad. Y no es una cuestión de capricho. Todos tenemos muy claro sobre todo a qué partido no votaremos ni locos. “Antes al PP”, defiende un exaltado”. Y al PP lo votan los de siempre, más quinientos mil. Y con eso, gracias a nuestra ley electoral, concebida desde la transición para que nada cambiara, con el 46 por ciento de los votos es como si los hubiera votado el 75 por ciento de los españoles. “Pero si somos más”, se queja al día siguiente, comprando el pan, una vecina. “¿Cómo es posible que la gente que está en el paro, los asalariados, les voten?” Y hablas con uno y con otro y repiten lo mismo. “No, si al final va a ser que no los ha votado nadie”. Pero aquí vienen con la tijera, como si no existiera otra solución, la de recaudar más, persiguiendo el empleo sumergido, el fraude fiscal y la tributación de las rentas más altas. Las soluciones verdaderas, las del lado invisible.

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