Cheikh Lô


Cheikh N´Diguel Lô va por la vida vestido con retales de telas de distintos colores y con sandalias, sin que le importe ni el lugar ni la estación del año. Le cuelgan las rastas revueltas casi tanto como el labio inferior, con lo que puede que se le inunde la boca cuando llueve. Calza un gorro verde como un plato sopero invertido y suele lucir unas gafas de sol tan grandes que acaparan su rostro delgado como los ojos gigantes de un insecto. Y a pesar de todo no es un payaso, aunque uno diría al verlo que puede competir por ser el tipo más feliz del mundo. De hecho, su vestuario multicolor es en realidad una especie de uniforme, el de la hermandad islámica de los morabitos de Senegal, fundada en el siglo XIX. En 2005 le dijo en una entrevista a Carlos Galilea: “El Corán no le dice a nadie que haga la guerra. Ni la Biblia. Al contrario, dicen que nos amemos los unos a los otros. Son personas que se dicen creyentes y que leen la Biblia las que están haciendo la guerra. Pero no creen. Tampoco los presuntamente musulmanes, que estudian el Corán a diario, y luego van a la guerra. Que no usen las palabras musulmán o cristiano para justificarse”. Así piensa Lô. El lema de la hermandad de los morabitos de Senegal se resume en dos mandamientos: “Trabaja como si nunca fueras a morir y reza a Dios como si fueras a morirte mañana”. No tengo claro si el primero quiere decir que trabajes incansablemente o que vayas a tu aire, que no hay prisa. Más tiendo a pensar lo segundo, porque Cheikh Lô lleva publicados apenas cuatro discos en veinte años de dedicarse a cantar. Claro que no es lo mismo haber nacido en Burkina Faso en 1955 que en Nueva York o en el corazón de Europa. Ni mucho menos. Nacido en un país africano, nacionalizado en otro, Lô tiene un corazón aún más chispeante y policromático que la ropa que pasea. Su música es una mezcla de tantos ritmos que suena exótica y familiar al mismo tiempo. Su voz me inunda, como dijo su descubridor, Youssou N´Dour. En su último disco, que se titula Jamm, o sea “paz”, incluye un clásico de Bembeya jazz, de los sesenta, titulado Il n´est jamais trop tard (nunca es demasiado tarde). Se lo dedica a los inmigrantes subsaharianos que escapan en pateras en busca de un Dorado que es solo un espejismo: “el riesgo no vale la pena. Antes se iba uno a Francia para aprender a ser soldador o mecánico y regresaba a África ya jubilado. Pero eso se terminó. Europa no tiene ya gran cosa que ofrecernos. Los jóvenes encallan en Francia o en España sin estar cualificados, sin papeles, sin dinero, sin siquiera hablar el idioma. Acaban durmiendo en la calle. Todo eso no lleva a nada. Creo que es preferible quedarse en tu país que vivir esa miseria”. Cheikh Lô hizo eso mismo: se quedó dos años en su país mientras su mujer trabajaba en la Región de Murcia. La otra noche volvió a Cartagena, al festival de La Mar de Músicas. El Auditorio Parque Torres estaba lleno a rebosar. Mucho más lleno de lo que sería razonable. Encaramado a uno de los muros laterales, desde el que se divisaban a mi izquierda las aguas temblorosas del puerto y al fondo las montañas que rodean la ciudad, resistiendo el vértigo y el miedo a precipitarme desde una altura de cinco metros, viví el éxtasis de la música híbrida de Cheikh Lô como una revelación. Igual que dicen que necesitamos que la luz del sol nos atraviese para que se active la vitamina D que duerme en nuestro metabolismo, del mismo modo necesitamos la sacudida de la música para despertarnos de una vida a otra vida, sin más solución de continuidad que dejar que la percusión truene en tus entrañas y que un saxo tenor te vaya lamiendo la piel escarapelada y que una voz te inunde con ecos de la infancia que viviste y de la que no llegaste a vivir.

1 comentario:

CityZen Music dijo...

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