Cata del paraíso

                                                 por Amanda Tendero


El otro día nos acercamos hasta el retiro de mis amigos León Molina y Ana Sotos para verificar que en efecto se encuentran mucho más cerca del paraíso que nosotros, pobres currantes urbanícolas. Antes que nada, una de las condiciones que debe cumplir el edén es encontrarse lo bastante cerca como para llegar en coche y lo bastante lejos como para que lleguen solo unos pocos, después de dar vueltas y revueltas por caminos y pueblos cada vez más polvorientos y desangelados. El lugar en cuestión cumple esta premisa: doy fe de haberme perdido un par de veces durante el viaje y de sentirme perdido incluso después de haber llegado. La primera imagen que guardo en la retina es a León invitando a salir de su vivienda a una araña del tamaño de una mano. En lugar de tantear en los aparadores en busca de un objeto contundente para machacarla, como hubiéramos hecho cualquiera de los varones civilizados que conozco, mi amigo se internó en el salón con la cachaza caribeña perfectamente intacta en sus genes, a pesar de haber vivido en la península casi la totalidad de su vida. Al cabo de unos minutos interminables, cuando ya la tarántula había conseguido hipnotizarme y me tenía a su merced, reapareció León con un cartoncillo como medio billete de grande y con pequeños empujones fue conminando al artrópodo a que se alejara de las cercanías de la puerta, hasta que le pareció que el bicho estaba lo bastante escarmentado. En seis años que llevan yendo y viniendo de la aldea al mundanal ruido, León ha aprendido tanto de la naturaleza que, sin proponérselo, consigue asombrarme, aunque actúe con la modestia de quien sabe tanto que hasta sabe que es mucho más inmenso lo que ignora. Sabe que a diez pasos de su puerta hay un árbol al que solo se acercan en otoño unas mariposas que se llaman macaón. Sabe tanto de pájaros que les distingue el sexo al verlos volar, dice que por el color de las plumas, aunque yo solo aprecio una silueta gris recortada contra el resplandor del mediodía. Por supuesto, distingue un águila calzada de un águila culebrera, mientras yo solo veo unas alas extendidas flotando en las corrientes cálidas. Nos muestra el cerro en el que dan de comer a los buitres y el observatorio donde cualquier ornitólogo aficionado puede ocultarse para fotografiarlos, después de pagar una cantidad muy razonable y de jurar y firmar que no va a moverse mientras quede un buitre en la zona, así se le haga de noche y truene o caiga un nevazo que lo borre del paisaje. Un observatorio donde habrá de permanecer sentado y sin moverse ni para mear. Pero hay gente para todo, como dijo Belmonte. Hay amigos de la naturaleza que persiguen la foto perfecta de un pájaro durante toda su vida y son capaces de pagarse una sentada de veinticuatro horas para mantener el acecho. Cazadores incruentos que luego exhiben sus capturas con el orgullo con que León me va mostrando uno tras otro los pájaros atrapados en su álbum electrónico, mientras los nombra como si recitara un mantra y se golpea la cabeza y se maldice cuando se le resiste uno de los cien o doscientos nombres que le da tiempo a desgranar antes de que anochezca. Por supuesto hemos seguido los caminos que el invierno castiga, los senderos que borra la nieve o interrumpen las escorrentías. Hemos escuchado el nombre misterioso de cada una de las montañas, hemos oído el resuello de los pinos y hemos sorteado los cardos, los romeros, los espartales. También nos hemos bañado en las aguas prohibidas y gélidas de una balsa con una suprema sensación de estar haciendo lo que debíamos hacer, acentuada por el aspecto de Neptuno recién emergido que presentaba mi amigo León. Y con todo, solo menciono una décima parte de lo que hemos vivido. Ahora se presenta el dilema: ¿doy el nombre del lugar y lo condeno? ¿O mejor me lo callo y perpetúo su milagro, aun a costa de que la pequeña economía del lugar siga siendo de subsistencia? Va a ser lo segundo.

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