Otra vez el teatro clásico


Todas las estaciones tienen algo de reencuentro. Y más en un pueblo como Chinchilla, que vive con tanta intensidad sus tradiciones y que vincula al menos una de ellas a cada estación. Las primeras noches del verano, nada más superar las últimas estribaciones del curso académico, pertenecen al teatro. No al teatro en genérico, que ese puede presentarse cuando quiera, sino al teatro clásico en el Claustro Mudéjar de Santo Domingo. Bajamos las calles empinadas y estrechas cuando apenas hace un rato que oscureció, exprimidos por el calor sofocante de la jornada y sin embargo con el jersey bajo el brazo, pues sabemos que nos hará falta. Esta aproximación es ya un calentamiento, un paladeo de lo que nos espera. En la puerta nos fundimos en el sordo bullicio de los saludos, el reencuentro con los aficionados y amigos de cada año. Incluso los que hemos visto durante el día parecen otros ahora, entrando en el espacio mudéjar, sorteando el pozo, buscando la silla, afinando los oídos con los rumores previos, avizorando quiénes son los que llegan rezagados. La función nunca empieza a su hora; la cortesía se prolonga siempre unos diez minutos. Y la rompe la voz familiar de Constantino Romero, que se lía un poco para recordarnos que silenciemos los móviles. De pronto se apaga la luz y, durante unos segundos, las estrellas que brillan sobre el cuadrado del Claustro reclaman todo el protagonismo. Junto a ellas, se hace notar la brisa, en la que aún no habíamos reparado y que irá intensificando su presencia conforme avance la velada. Es el momento mágico en el que todo puede pasar y todo pasa. Recuerdo las épocas en las que ejercí de cronista, cuando vivía día y noche para el Festival con una intensidad febril. Al teatro por las noches y por las mañanas a intentar traducir en el ordenador las sensaciones vividas. Como todas las artes, el teatro no se nutre de un solo sentido ni se compone de una sola sensación, sino que es una suma desordenada de muchos estímulos cuya asimilación final requiere haberlos dormido ocho horas. El sueño es el puchero donde se cuecen los sentimientos y las ideas hasta alcanzar un sabor definido. A toda esa mezcla maravillosa, donde se cocinan los ingredientes propios de cada representación, ha habido que sumar este año un barrunto, una especie de premonición de que ya nunca va a ser igual, aunque guardamos la esperanza de que sea, al menos, de otro modo. No en vano el año que viene el gestor de Cultural Albacete ya no será el barbado Ricardo Beléndez, que ha dirigido las riendas durante un montón de ediciones. Su experiencia habrá de compensarla un nuevo gestor. Para que le recordemos, Beléndez nos ha ofrecido este año una semana densa y apetitosa con sesiones dobles diarias que, dadas las circunstancias económicas en que nos debatimos y su salida del cargo, va a ser difícilmente igualable en futuras ediciones. Con razón se ha paseado orgulloso y bastante más liviano por los aledaños del escenario. Una noche, nada más salir, me pidió mi impresión sobre el Macbeth de Helena Pimienta, la flamante directora del Centro Dramático Nacional. Sin haber podido cocinar todavía las sensaciones, le respondí que me había gustado la originalidad, la gravedad y el punto onírico de la puesta en escena, pero me habían decepcionado las actuaciones de los intérpretes, demasiado desgarradas y exageradas. Hoy, que ya he dormido aquellas impresiones, me mantengo en la cruda opinión que le serví al bueno de Beléndez. Cada vez estoy más convencido de que el arte, cualquier arte, necesita expresarse mediante la contención para que surta el efecto deseado. No lo digo yo, claro, lo escribió Poe y después otros muchos. Pero disfruté, y más aún la víspera, con ese clown, bululú, contador portentoso de historias, creador de personajes que son siempre el mismo: Rafael Álvarez El Brujo. Me perdí sin embargo a Jerónimo Arenal en Ricardo III, que me aseguran amigos de confianza que ha sido lo mejor del Festival. A partir de ahora, todo ello, bien dormido, irá fundiéndose en la memoria con las quince ediciones precedentes.

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