El Chamán


Los vecinos la llamaron Cueva de la Vieja, Cueva del Venado y hasta Cueva de las Mujeres. Después de escudriñarla con esmero y con la mirada entrenada por los estudios, los arqueólogos concluyeron que la figura roja y grande, que se despatarra sobre sendos toros en el centro del friso de Alpera, es un chamán. Un hechicero con un arrogante penacho en la cabeza, un arco en una mano y un haz de flechas en la otra. Vivió alguna mañana de sol como las que han lucido estos días, hace diez mil años. Cerca de él, hay otro chamán más pequeño y a su alrededor se extienden arqueros y mujeres y más toros y cabras y ciervos y hasta un caballo, una mezcla de lo que veían y creían ver aquellas gentes. Ese retablo pintado con pigmentos rojos sobre una roca cóncava que mira a Meca nos pone en conexión directa con seres humanos que anduvieron por los mismos parajes hace tanto tiempo que el vértigo nos impide calcularlo. Cierto que el afán de mostrarlos y de verlos relucir desde su esencia, casi traslúcida, ha provocado que recibieran cubos de un agua que los reactivaba para los ojos pero los ha ido ocultando tras un velo de carbonato cálcico. No importa. Guardamos el conjunto en la retina gracias a los calcos practicados por los investigadores, desde aquellos primeros que acudieron a la llamada de Pascual Serrano y del marqués de Cerralbo. Fue en diciembre de 1910 cuando el hermano de Serrano y su sobrino, que habían salido de caza, tuvieron que refugiarse en el abrigo y repararon en los dibujos. Un mes más tarde, en enero, ya estaban sobre el terreno el abate Henri Breuil y Juan Cabré explorando nuevas imágenes en abrigos cercanos, dentro del mismo Cerro del Bosque. Hay al menos ocho refugios pintados, curiosamente agrupados por parejas. Aunque ninguno tan completo como el de ese hallazgo primero. En la plaza del ayuntamiento de Alpera una reproducción lo explica con sencillez. Y ahora, con motivo del centenario del descubrimiento, acaban de abrir un centro de interpretación en el pueblo que permite seguir paso a paso la apasionante historia de las pinturas. Rafa Jara, el bibliotecario, ejerce orgulloso como celador de la muestra. Ya puede estarlo. Es uno de los dos guías que abre las puertas de la maravilla a los turistas. Unas puertas enrejadas que guardan las fatigadas pinturas de las manos rapiñadoras o descuidadas, pero no del viento ni del sol justiciero. Abajo, a seis kilómetros, las ricas aguas subterráneas de Alpera, asomando por mil fuentes, explican la atracción que este paraje pudo ejercer sobre aquellos hombres que se adentraban en el neolítico y que dejaron una huella delicada y precisa de su paso. En el mismo entorno está el parque de la Mejorada con algunas de las encinas más viejas que uno haya visto, acogedoras y hasta maternales en su forma escultural. Tan viejas que se diría que llegaron a verse cara a cara con los autores de las pinturas. Y algo más allá, hacia levante, está ese colosal templo de la refrigeración que es el Pozo de la Nieve, una especie de cuco de sesenta metros de diámetro y casi veinte de profundidad cuyas entrañas se utilizaron para cultivar hielo, que luego era distribuido en la zona de Alicante y Valencia para conservar alimentos y medicinas, entre finales del siglo XVI y mediados del XVIII. Ahora es un iglú de mampostería abandonado que espera una merecida rehabilitación. Nada tan gozoso como ir descubriendo uno a uno estos restos del pasado, administrados con cariño por una guía del lugar, alguien que los conoce y los aprecia. Tenemos la suerte de que Dori Gras nos haya citado esta mañana y nos lleve sin prisa por los paisajes, con tiempo de mirar al horizonte y de sumergirnos en las vegas, llegando hasta rincones donde el agua murmura y florecen los cerezos. Mejor no desvelar sus nombres, para que no venga a enturbiarlos el óxido de la civilización. En Dori, en su familia, se perpetúa y se contagia la magia de aquel chamán que reina sobre toros en el friso de Alpera.

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