Camino de Liétor



Fotos ANTONIO MATEA MARTÍNEZ
Qué diferente la ruta senderista del Roche de este año de la del pasado. La de 2010 se me antoja irrepetible. Es muy improbable que caiga otro nevazo como el que cubrió los caminos y las laderas y los árboles y nos cubrió a nosotros, que caminábamos en hilera, siguiendo el trazo del que nos precedía, ensimismados en las sensaciones de silencio y apartamiento, tanto como en pisar suelo firme y en el ruido del propio resuello. Este año ha lucido el sol todo el día y alguien habló de veinte grados, con lo que cambiamos las capuchas forradas por gorras contra el sol y los plumíferos por camisetas de manga corta. Además éramos el doble. Había una fila de turismos esperando al autocar en el Collao del Roche; más de medio centenar de excursionistas que se sumaron a la expedición. Don Paco, el cura del pueblo, treinta y ocho años de párroco, durante los que se han instalado órganos tubulares en todas las capillas de su feligresía, nos aleccionó con unas palabras de salutación. La ruta escogida por el Centro Excursionista de Albacete en esta cuarta edición reconstruía los pasos finales de El Roche, el antiguo oficial carlista que no aceptó que Alfonso XII lo amnistiara sin otorgarle paga, y se echó a los caminos a ganarse el jornal salteando a los pudientes de la época. En el Museo de Liétor se conservan muchos de los enseres que llevaba consigo al morir, entre ellos una navaja monumental. La versión popular asegura que un amigo suyo, guarda forestal, lo mató para cobrar la recompensa, aprovechándose de que había venido a convalecer de una enfermedad a su propia casa en Castillarejo. Luego, para evitarle complicaciones al traicionero, cargaron con el cadáver hasta el Collao del Pocico Tomillo y allí la Guardia Civil lo acribilló y contó que le había tendido una emboscada nocturna. La autopsia encontró en el cuerpo de Ramón García Montes plomo suficiente para equipar con tuberías un cortijo, pero también tres disparos de postas, poco habituales en la Benemérita, lo que da consistencia a la leyenda. Tras las palabras de don Francisco Navarro, nos echamos al monte con tanto afán que pasamos como meteoros por el Pocico Tomillo, sin reparar siquiera en el gran pino piñonero que merecía al menos una reverencia. Olivos, almendros y romeros en flor, espliegos, camino y manta. Antes de catarnos habíamos alcanzado el Castillarejo, la aldea donde pudo expirar El Roche. Este excursionista no acaba de aclararse sobre cuál de las casas o de las ruinas fue la del guarda. Para la foto de grupo, posamos en este lugar tan recóndito como mítico. Siempre aprende uno lecciones nuevas, por muchas veces que haya experimentado rutas similares. En esta ocasión, tomé conciencia de que no hay que sacar el móvil sin cerciorarte de que lo devuelves al sitio debido. Qué desazón saberlo extraviado en medio del monte. Un centenar de personas pasó junto a él, con la mirada amagada del caminante, y solo uno, el amigo Emilio, lo rescató del corazón de una mata de romero donde se había incrustado. Parece fácil, pero en un recorrido de diecisiete kilómetros de senderos enmarañados, pistas de carretero y trochas pinchudas, es para ensalzar desde aquí su vista de lince y ponerle un marco. La parada a almorzar la hicimos en el Prao de la Tejera, en una especie de teatro natural donde el cura don Paco y el Grupo Museo de Liétor, ataviados para la ocasión, nos entonaron coplas sobre El Roche, acompañándose de guitarra y flauta. Los componentes varones de la asociación escenificaban mientras la muerte del patilludo bandolero, sin ahorrarnos disparos de trabuco ni el imponente bigote, característico en la Benemérita de finales del diecinueve. Aún quedaba bajar hasta la vega de El Mundo y acercarse a Liétor caminando a la par del río, echando fotos, más que de los paisajes, de la sensación de armonía, tan difícil de salvar en las fotos. Qué pena llegando al pueblo que no armonicen las fachadas que salen a recibirte. Porque ya dentro, se disfruta tanto de sus tesoros como del amor con que los muestran los letuarios.

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