Madrid


Si se cumplen las predicciones de los meteorólogos, que fallan mucho menos desde que son meteorólogas, la lluvia y el frío habrán limpiado la boina de dióxido de nitrógeno que coronaba Madrid la semana pasada. Aún parece que vengo de respirarla, con su olor de carbonilla de tren y de hierro oxidado. Decía el maestro Saramago que la relación con una ciudad tiene que ver sobre todo con la memoria que tienes de ella. Y yo, que nunca he vivido en Madrid más de tres días y que la piso de uvas a peras en visitas fugaces pero intensas, guardo una memoria fragmentaria y difusa de la capital del reino. La más reciente, fresca aún, se detiene en el Círculo de Bellas Artes, cuyos cinco pisos de escaleras blancas y pomposas subí para llegar a la sala María Zambrano. Allí homenajeamos a Luis Alberto de Cuenca el otro día, a través de un libro impulsado por Javier Vázquez. Somos más de cien los colaboradores, con poemas, ensayos y anécdotas. Y de los cien, salimos al estrado por lo menos una treintena a soltar nuestra breve perorata. La mía, entrañablemente fallida: recién llegado de Chinchilla, ni siquiera había tenido tiempo de hojear el libro y estuve un minuto explicando que mi colaboración consistía en una entrevista que nos concedió en la Biblioteca Nacional y le publicamos en «La Siesta del Lobo»; que todo lo había puesto él, que es lo natural en las entrevistas. De pronto, desde el centro de la mesa, con el libro abierto entre las manos, el homenajeado me interrumpió: “pero lo que publicas no es la entrevista”. Silencio sepulcral. “En todo caso puede ser el texto introductorio”, conjeturó piadosamente, como tirándome un cable salvador. Hay que tener en cuenta que Luis Alberto es, ante todo, buena persona. Me deslizaron un ejemplar y, en efecto, había escrito un artículo exclusivo para la ocasión en marzo del 2008 y me había olvidado por completo de él. «La muerte en L.A.d.C.». No me refería a la de verdad (ni siquiera se la desee en ese momento en que la adrenalina que borboteaba en mi sangre se me cayó a los pies), sino la de los personajes de sus poemas, que mueren sin morir, como los protagonistas de los tebeos que tanto le gustan. Luego tuve ocasión de recuperarme con una tónica en una mesa del propio Círculo, escuchando hablar a sabios con bufanda. No fue menos estimulante el paseo nocturno desde la calle de Alcalá a la Puerta del Sol, la calle y la plaza Mayor, y los callejones de la movida que hay detrás de la plaza, donde perderse a esas horas es recomendable, aunque yo me perdí sin querer, como suele sucederme en las metrópolis. Cuando volví a mi ser, al poco rato, estaba caminando hacia el río Manzanares por las anchuras de la calle Segovia, entre jardines despoblados, bajo viaductos colosales, en medio de una humedad olorosa, que era el olor de otro Madrid nunca visitado por mí hasta entonces. Porque, a decir verdad, la capital la conocen más mis pies que mi mirada. Mi versión de Madrid reside en ellos. Claro que, si me esfuerzo un poco, puedo verme en las salas del Museo del Prado, más aún que frente a las pinturas (aunque acompañe tanto la vibración de las pinturas), en los recovecos modernizados de la Biblioteca Nacional, con su olor a cola y a papel ácido, la estación de Atocha, las bocas de metro, el tráfico, el gentío. Me acuerdo sobre todo de la indefensión ante el gentío, que anda con tanta decisión en tantas direcciones, mientras uno va despacio, intentando saborear el dióxido de nitrógeno como si sorberlo otorgara alguna especie capitalina de glamur. Sí, mi memoria de Madrid, que no cabe en este artículo, acaba disolviéndose en las caminatas y en el viaje de regreso, en el que siempre acabo congraciándome con el machadiano Juan de Mairena, que estaba convencido de que algún día todas las personas distinguidas vivirían en el campo, dejando las grandes urbes para la gente común, la humanidad de munición, como él decía. / Alrededor de Luis Alberto de Cuenca. VV.AA. Neverland Ediciones, 2.011.

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