Ustedes en peligro de extinción


“Los muertos se tratan de usted”. Lo aseguraba el recién desaparecido Carlos Edmundo de Ory, poeta que nació en Cádiz y se recrió en Francia. Se trata de uno de sus aerolitos. Él llamaba aerolitos a los aforismos. Brilla en ellos su ingenio destellante más que en su poesía donde tanto ingenio sin medida termina alborotándose y despista al lector, al menos a este lector. Digamos que incumplió de forma involuntaria uno de sus mejores aerolitos: “si te gusta ser llamado poeta desde joven, cuida de vivir poco. Toda una larga vida con un pequeño mote es ridícula”. De Ory ha vivido 87 años con el pequeño mote de poeta y, claro, ha tenido que sobreponerse mucho: “sólo me comprenderá quien sea más loco que yo”, escribió en otro momento. Y más allá: “Sólo lo extraño me es familiar”. Hay que volver aún así a Ory ahora que se ha muerto. Hay que volver a los muertos que se están muriendo y que se tratan de usted. Muertos como el actor Manuel Aleixandre, el cineasta Luis García Berlanga y el propio Ory. Se van acumulando y casi no da tiempo a decirles adiós como Dios manda. A Manuel Aleixandre lo tenemos sentado a la mesa camilla de nuestra retina, un poco encorvado, un poco ausente, pensando en sus cosas cuando no le interesaba lo que se cocía en la conversación, hasta que regresaba e intervenía con su voz imposible, con esa voz imposible que han tenido algunos actores maravillosos. Y ahí tenemos a Pepe Isbert para certificarlo, también muerto reciente porque su muerte se renueva cada vez que se muere uno de los genios a los que ayudó a ser genios. Lo han sacado mucho estos días con la trompetilla en la oreja en el papel de alcalde de Villar del Río, y al oírlo hablar con su voz sofocada, se pregunta uno cómo pudo hacer tantos personajes, cómo le dejaron, afortunadamente. También la voz de Luis García Berlanga era una voz cascada que sigue impartiendo magisterio en las tertulias, aunque él solo buscara conversación. Lo recuerdo sentado en la Librería Popular, hombro con hombro con su amigo José Antonio Tendero, ambos ya mayores, rodeados de curiosos que esperábamos a que abriesen la boca solo para oírles hablar, dijeran lo que dijeran, pues eran ciudadanos de otro tiempo mucho más reposado, de lecturas hondas, con un calado que afloraba dijeran lo que dijeran, aunque no fuese más que “por favor apártese un poco, que me está usted pisando”. Eran amigos y se hablaban de usted, no faltaría más. Los muertos se tratan de usted, como afirmaba Ory. Se hablaban de usted incluso cuando estaban vivos, una cosa que se pierde con ellos, que se pierde por minutos. Cada minuto que pasa están desapareciendo personas que se ustean, que es una especie en peligro de extinción, con lo que eso supone de empobrecimiento para el alma española, que de tener dos dimensiones se va quedando en una sola. Los únicos que se ustean ya son sus señorías en el parlamento, pero como lo hacen cada vez con menor señorío, encima dan mal ejemplo. “Cállese, imbécil”, le gritó Carlos Edmundo de Ory en el Gran Hotel a un municipal cuyo walkie se alborotaba y le interrumpía la lectura de sus poemas. “Cállese, imbécil” le gritó al teléfono del municipal con voz atiplada pero enérgica. Y de usted, por supuesto. Éramos veinteañeros, o lo rondábamos, hablábamos de literatura en la cafetería Garden´s y Juan Carlos Gea me dio a leer un poema: “¿qué te parece?” Me preguntó. Me pareció desaseado y se lo dije. “Pues es de Carlos Edmundo de Ory”, contestó como lavándose las manos. Había en esa respuesta un implícito: “mío no es, tú verás, tú te las entenderás con la historia de la literatura”. Treinta años después sigo pensando que era un poeta desaseado, aunque piense también que era necesario como todos los francotiradores. Necesario, abstracto y chispeante. “Di algo que no sepas decir”, proponía con una voz también difícil, la voz de los genios, la voz de los que se ustean. Ahora todos nos tuteamos y hacemos gárgaras.

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