Pepe Otal

Un hombre que no había vuelto a afeitarse la barba desde que le obligaron en la mili no podía ser convencional ni siquiera a la hora de morirse. Pepe Otal (Albacete, 1946) tenía estudios de ingeniería técnica y fue escultor y pintor, y él contaba a quien quisiera escucharle que había sido marinero, incluso náufrago, lo que encajaba muy bien en su aspecto de viejo lobo y de perenne pipa en la comisura de los labios. Pero su leyenda irá creciendo poco a poco desde el papel de titiritero, devoción a la que consagró los mejores años de su vida, incluido el último aliento. Y esto es literal, porque como los actores de raza, como el propio Molière, Pepe Otal se murió el verano pasado sobre el escenario en el que acababa de rematar una de sus representaciones de “La Divina Comedia” de Dante, adaptada para sus marionetas. La historia me la contó el Juli, el otro día, y es digna de figurar en las antologías del teatro.

Pepe Otal y Pep Gómez encarnaban los papeles de Virgilio y Dante respectivamente, compartiendo protagonismo con los títeres. Por supuesto, tratándose de marineros, el espectáculo se desarrollaba en la isla de Cerdeña, lejos del continente. Todo iba bien, salvo algunos despistes infrecuentes. El más ostensible ocurrió al final de todo, cuando tuvieron que interpretar el último acto ante el decorado del infierno porque a Otal se le había olvidado bajar el telón del paraíso. Aun así recibieron una sonora ovación. El hombre se sentía cansado y se sentó con una cerveza en la mano, rodeado de sus colegas. De pronto, la encargada del sonido los alertó de un principio de incendio: una de las velas que utilizaban en la representación se había quedado encendida en la maleta de uno de los títeres y tuvieron que correr para salvarlo. No lo consiguieron del todo: la llama le había horadado la madera a la altura del corazón. En ese momento volvieron la cabeza y Otal se estaba derrumbando con un infarto fulminante.

Quién podía imaginarse este desenlace. La misma víspera por la noche, lo habían visto encaramarse a la fachada de la casa donde se alojaban para recuperar la llave de la entrada que se habían dejado dentro. No acaba todo aquí: tuvieron que vestir el cadáver y no encontraron otra mortaja mejor que la túnica blanca de Virgilio que acababa de usar en la representación, sin que faltara el aderezo de la corona de laurel propia de los poetas. De esta guisa emprendió su viaje hasta Albacete, impulsado por las economías de los titiriteros de Barcelona y sus amigos de la ciudad que lo vio nacer y en donde ahora reposa.

Le gustaba hablar de libros, de filosofía. Citaba “Las encantadas”, donde Stevenson se inventó una forma de gobierno propia de piratas: la motinocracia. Dicen que había hecho amistad con un ratón en su casa estudio del Raval, el barrio chino de Barcelona. Que el bicho se le subía al hombro mientras él trabajaba en sus marionetas, se escondía si se presentaba algún desconocido y al rato solía asomarse con timidez desde la barba. Aseguran que una vez adiestró a un grupo de roedores para que intervinieran en una de sus obras. Según el principio de Paulov, obedecían a impulsos eléctricos, pero un cortocircuito los desmandó por el teatro. Se inventó el bulubús, que aparca en las ciudades y las inunda de titiriteros por un día. Después de su muerte, alguien encontró en su mesa un informe de urgencias de bastante tiempo atrás; le aconsejaban que se mirase mejor el corazón. Pero él ya lo tenía muy visto.

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