El habla manchega

Confieso que en mis primeros acercamientos al “Diccionario manchego” de José S. Serna llegué a estar convencido de que nuestro castellano no se diferencia en absoluto del castellano estándar y que la ocurrencia de nuestro paisano no iba más allá de ser un “aberrunto” nacionalista a pequeña escala. Es cierto que abarcaba vocablos que me sonaban poco aunque designasen largas peroratas sin fuste, que es lo que viene a significar “repalandoria”, una de las fichas que más debía gustarle al recopilador porque la puso como título y ejemplo en el texto explicativo incluido en el libro. Y es cierto también que había palabras que no había modo de localizar en otros diccionarios y que sin embargo a mí me resultaban extrañamente familiares, como “rechilbero”, esa reverberación del sol en los patios encalados que nos duele hasta obligarnos a entornar los ojos.
Había salido poco de Albacete. Conforme fui traspasando nuestras fronteras locales y hablando con personas de otras regiones, comprobé dos cosas: que nuestro castellano no es el estándar ni mucho menos (aunque tampoco estemos tan lejos de él) y que había algo en nuestro modo de usarlo que resultaba chocante a los foráneos. Enseguida llegó el presidente Bono, con su manera gutural de pronunciar las eses que flotan en el interior de las palabras y su discurso tan propicio para ser reproducido por los caricaturistas de voces. Y claro, ya no había duda de que hablamos como él, aunque sin exagerarlo tanto: “eg que así somos”. Desde entonces incluso procuramos fijarnos más en la pronunciación de la ese para demostrar que sabemos expresarnos como los de Valladolid cuando nos lo proponemos.
Pero de pronto han estallado los humoristas manchegos, sacándole el máximo partido a nuestro peculiar castellano. Primero fue José Mota, el moreno de los componentes del grupo Cruz y Raya, que aprovechaba haber nacido en Ciudad Real para introducir en sus intervenciones agudas andanadas de mancheguismo. Fue la avanzadilla. Los albaceteños han llegado más tarde, en el programa “Cámera Café”. Tanto Esperanza Pedreño (La Cañi) como Joaquín Reyes (el informático de la oficina) deslizan continuamente coletillas en las que nos reconocemos como si nos miráramos en el paisaje de la infancia. Y por lo visto no sólo nos resultan chocantes a nosotros, sino a veces también a los que no se reconocen en ellas. Debe de ser porque ayudan a sus personajes a ser auténticos, creíbles, entrañables.
La explosión definitiva la ha conseguido el propio Joaquín Reyes al frente de su pandilla de amigos en esa algarabía surrealista que primero se llamó “La hora Chanante” y que después tuvo que ser rebautizada por exigencias del copyright como “Muchachada nui”. En ese ratico condenado a la frontera de la media noche (y sin embargo saboreado en you-tube por el quíntuple de espectadores de los que lo ven en la 2) el habla manchega ha alcanzado categoría de obra de arte. Después de escuchar a personajes como Paris Hilton, Ferrán Adriá o Macaulay Culkin expresándose en albaceteño con una caracterización de carnaval de Tarazona, después de oírle decir a Niki Lauda que tiene la oreja “burrumía” por un accidente que sufrió, uno ya puede dormir tranquilo con la confianza de que nuestra habla provincial no sólo existe, sino que es capaz de resistir los embates del tiempo y de la globalización.

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