Miguel Ángel Curiel, Luminarias

MIGUEL ÁNGEL CURIEL 
Luminarias 
Amargord Ediciones, Madrid, 2012

«Es inútil prepararse para la muerte. Inútil servirle el té en el jardín seco, hablar con ella. Pasa el tiempo, no se lo bebe, no te contesta».

Miguel Ángel Curiel (Korbach Valdeck, 1966) es capaz de mirar las cosas como un niño, lo que no quiere decir que las mire con superficialidad. La hondura de un niño es la sabiduría que hemos ido perdiendo los adultos a medida que perdemos la costumbre de mirar: «un hombre desangelado, lleno de sí. Se vaciaba mirando». La mera observación, sin prejuicios, proporciona un saber que es vital y poético a la vez, nos cambia a nosotros y cambia las cosas, o por lo menos eso parece: «Entonces te levantas de la cama, corres el visillo de la ventana y miras a través de los árboles y la espesura del parque. Tus ojos ponen en paz las cosas». Volvemos a ver lo que tantas veces hemos visto antes, la lluvia en el mar, las montañas, las velas, incluso el silencio de las rocas «donde confluyen los silencios de muchos lugares». Volvemos a ver, pero estamos viendo por vez primera. También el gran funeral del escarabajo, al que retira una comitiva de hormigas, o los sueños que bebemos en el agua del cántaro que ha traído una mujer en la cabeza. Luminarias es un libro de fragmentos, en realidad pequeñas revelaciones, cada una de las cuales contiene en su interior el mundo: «necesidad de trabar la realidad con fragmentos. Fragmentos trabados en el Tajo. Cada fragmento intenta explicar el mundo por sí solo». La mirada y el pensamiento (solo en apariencia naïf) de Curiel confluyen con naturalidad en la escritura. Y el autor también observa con curiosidad el encuentro. Dice que «la poesía necesita de un estado de ánimo fallido», que escribe «sin entender lo que está escribiendo», que va por detrás de lo que escribe, que «deja de ser para solo estar». Que «un verdadero poeta no domina las palabras, suelen éstas dominarlo a él. Se mete en ellas como una oveja en un avispero». Dice Curiel que para conversar necesita ver los ojos que le miran, libres de las gafas de sol: «No puedo hablar a quien no veo los ojos. Siempre les hablo a unos ojos».

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