Ana Martínez Castillo, La danza de la vieja

ANA MARTÍNEZ CASTILLO
La danza de la vieja
La isla de Siltolá, Sevilla, 2017. 64 pág. 10€
«Para que merezca la pena / morir de puro cotidianos», Ana Martínez Castillo (Albacete, 1978) rebusca en los silencios, en los rincones, en las arañas que tejen ocultas a la luz de la lámpara.
Por supuesto también en los sueños, en las figuraciones. Es una poeta de fantasías, pero su imaginación tiene una base en la realidad. Si habla del «viento encorvado» lo describe, pero también nos está describiendo a nosotros mismos cuando lo afrontamos o cuando lo pensamos. Dice que «le tiene miedo al viento encorvado que rumia en las callejas», pero al mismo tiempo nos advierte de que hay que fijarse en él para que la vida no pase de largo, porque lo misterioso, lo extraordinario forman parte de nuestro transcurrir y, sin ellos, «cuídate niña de las noches sin duendes, de las noches con demasiados silencios huérfanos». Martínez Castillo asegura que no le gusta la poesía figurativa, que le gusta no entender a veces lo que está leyendo y dice que intenta escribir en esa misma dirección. Pero en sus imágenes está la vida, transfigurada. Cuando habla de «el aire peinado como agua», de «si se hace sal / la luz que nos envuelve» o de que pasa la noche entera «anudando lluvia», o de «desordenar sin querer / el vuelo de los pájaros», se le entiende todo. Cuando dice que «no son campanas / lo que se escucha a lo lejos, / es solo esta vida / que ya bosteza», casi le pedimos que nos ilumine el aire en el que vibran esas campanas para librarnos de un bostezo peor que el invierno. Y sin embargo, qué invierno y qué atardecer el que compartimos con sus ojos: «cuando la tarde se vuelve parda, se vuelve teja (…), oscuro el patio como caparazón de grillo, como el hueco que dejan las puertas entornadas. Va siendo ceniza el tiempo que transcurre, van tocando mis manos surcos o límites». Unas veces vieja y otras niña, como observa Antonio Rodríguez en el prólogo, Ana Martínez Castillo es una poeta costumbrista hacia adentro, hacia las arcas de la imaginación, hacia los crujidos y las tradiciones que han ido languideciendo y se reencarnan en la oscuridad de la noche y el silencio del invierno.